Trayectorias escolares y migración: un estudio socioantropológico de experiencias de mujeres de origen boliviano de Ushuaia

Segunda época, número 13, enero-junio 2022, pp. 123-146.

Fecha de recepción: 22 de octubre de 2021.  
Fecha de aceptación: 18 de mayo de 2022.

Autora: Julieta Taquini.1

Resumen

En este artículo nos proponemos analizar, desde un enfoque socioantropológico, una dimensión que identificamos como central en la configuración de las trayectorias escolares de mujeres de origen boliviano atravesadas por procesos de migración que accedieron a la formación docente en la ciudad de Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina: las condiciones materiales y simbólicas en las que se despliegan dichos procesos. Específicamente, intentaremos describir la interrelación existente entre tres dimensiones que identificamos en seis entrevistas en profundidad, en las que atendimos a los sentidos que las mujeres construyen sobre su relación con los contextos en los que se desarrollaron sus trayectorias escolares, a partir de sus interpretaciones realizadas retrospectivamente: las condiciones de existencia, los procesos migratorios y las experiencias vividas en Ushuaia. A partir del análisis podemos decir que los procesos, a través de los cuales se intersectan las desigualdades en la experiencia migrante, constituyen un entramado específico en el que las mujeres de nuestra investigación atraviesan el proceso de escolarización.

Palabras clave: trayectoria escolar, migración, experiencia, Ushuaia, Antropología de la educación.

School paths and migration: a socioanthropological study of the experiences of Bolivian women in Ushuaia

Abstract

This paper analyzes, from a socio-anthropological perspective, a central dimension of the school paths of Bolivian women who live in the Argentinian city of Ushuaia, in Tierra del Fuego: the concrete and symbolic conditions of their migratory processes. Specifically, it is a detailed description of the relationship between three identified aspects of six in-depth interviews in which we attend to the senses constructed related to the existence conditions, the migratory processes and the experiences lived in Ushuaia. This analysis helps us to conclude that the processes undergone by the women of the research, in which migrant inequalities intersect, constitute a peculiar structure where their school paths are developed.

Keywords: school path, migration, experience, Ushuaia, Educational anthropology.

Introducción

En este trabajo proponemos describir las experiencias de mujeres de origen boliviano atravesadas por procesos migratorios, que residen en la ciudad argentina de Ushuaia, en Tierra del Fuego, y que accedieron a la formación docente en esa ciudad en tanto entendemos que dan cuenta de una dimensión concreta de las condiciones singulares en las cuales se desarrollaron sus trayectorias escolares.[1]

Nos centraremos en las particularidades que adquieren dichos procesos en el actual contexto sociohistórico y, especialmente, en una ciudad como Ushuaia que posee una singular historia respecto del significado de los movimientos migratorios, dadas las peculiares características de su ubicación geográfica y la configuración histórica de su población (Hermida y Van Aert, 2013).

Vinculado fuertemente a las políticas públicas dirigidas a ejercer la soberanía argentina en Tierra del Fuego, este territorio se ha conformado en un espacio receptor de migrantes nacionales y extranjeros. Desde la firma del Tratado de límites de 1881 entre Argentina y Chile, de diferentes formas y en diferentes momentos, se produjeron poblamientos en la región en cuestión: en 1884, con la habilitación oficial de la prefectura Ushuaia e Islas del Atlántico Sur, primera institución de la nación en asentarse en el territorio nacional de Tierra de Fuego; a través del funcionamiento del penal de Ushuaia desde 1904 hasta 1947, año en el que fue desmantelado; y con la fundación de la Base Naval Integrada Almirante Berisso en 1950 (Van Aert, 2004).

Más tarde, con el propósito de generar una estrategia de desarrollo del territorio, mediante la implementación de una política de promoción de la industrialización iniciada en 1972 con la Ley No. 19.640, se produjo un rápido proceso de crecimiento demográfico. Esta dinámica poblacional irá disminuyendo, en medio de un hostil contexto de desindustrialización y desaceleración económica general del país, luego de la sanción de la ley que establece la provincialización del que hasta ese momento fuera “territorio nacional” (Ley No. 23.775, 1990); para volver a intensificarse con un nuevo proceso de reindustrialización, a partir de 2003 (Fank, 2019).

A pesar de esta historia de idas y vueltas, movilidades y movimientos continuos, Mallimaci (2010) nos alerta que, en la capital fueguina, algunas residencias son más legitimadas que otras; y si bien, según el Instituto de Estadística y Censos de la República Argentina (INDEC), la población migrante de origen boliviano muestra un aumento en el censo de 2010 con respecto a la evidenciada en el censo de 2001 (INDEC, 2001, 2010),[2] las representaciones sociales sobre esa comunidad “expresan relaciones discriminatorias” produciendo desigualdad y exclusión (Mallimaci, 2011, p. 6).

Con el fin de abordar los interrogantes planteados en el estudio, propusimos un enfoque socioantropológico (Achilli, 2005). Desde este enfoque crítico, la etnografía,[3] en tanto proceso de “documentar lo no-documentado” de la realidad social, contribuye en la comprensión de los procesos inscriptos en matrices socioculturales amplias. Este modo de proceder nos permitió poner en relación las biografías particulares de las mujeres de la investigación con la historia institucional y social en las que se inscriben, y recuperar lo particular y lo significativo desde lo local —como síntesis de variados cruces y definiciones contextuales— (Rockwell, 2015a).

Realizamos el trabajo de campo en Ushuaia entre los años 2016 y 2019. Entrevistamos en profundidad a seis mujeres que residían en la ciudad de Ushuaia, atravesadas por procesos migratorios con origen en Bolivia. Por esta razón, las mujeres que entrevistamos realizaron su escolaridad en los niveles obligatorios y la formación docente, en diferentes instituciones educativas, en distintos momentos y lugares.

Dichas entrevistas[4] estaban dirigidas “hacia la comprensión de las perspectivas que tienen los informantes respecto de sus vidas, experiencias o situaciones, tal como las expresan con sus propias palabras” (Taylor y Bogdan, 1987, p. 101). Las realizamos en varias instancias, y en dos momentos diferenciados. En el primero, a través de preguntas que invitaban a desarrollar los temas de interés menos direccionadamente, para luego adentrarnos más específicamente en el proceso migratorio y las experiencias escolares, con el propósito de desarrollar y complejizar los sentidos abordados en la instancia previa.

Creemos necesario destacar, que la categoría de “boliviano/a” es usada corrientemente en Argentina para incluir a quienes nacieron en ese país, pero también a sus descendientes (Grimson, 2006; Mallimaci, 2011). Atendiendo a esta peculiaridad, entrevistamos a tres generaciones diferentes de mujeres de la ciudad de Ushuaia que se reconocen “de origen boliviano”: nacidas en Bolivia, hijas de bolivianas y nietas de bolivianas. Más específicamente, dos de ellas nacieron en Bolivia, tres en Argentina, en las provincias de Salta y Jujuy, y una nacida Ushuaia, todas ellas autopercibidas como miembras de una misma comunidad con la que comparten tradiciones, historias y prácticas con Bolivia.

El vínculo más fuerte fue con las mujeres de la investigación, y con el fin de “estar allí” (Geertz, 1997) pudimos observar algunas clases y participar, junto a algunas de ellas, en eventos institucionales y no institucionales en el instituto de formación docente al que asistían. También compartimos distintos espacios y momentos con sus allegados, que nos proporcionaron nuevas perspectivas a la temática en cuestión, a modo “muestreo en cadena o bola de nieve” (Hernández Sampieri et al., 2006). Además, recurrimos al análisis de fuentes documentales que nos permitieran contextualizar las entrevistas: “diarios de formación”[5], y fuentes documentales, tales como las reglamentaciones vigentes con relación a los niveles educativos transitados por las mujeres.

El diseño flexible nos permitió introducir conceptos, categorías y relaciones, y realizar cambios cuando se creyó necesario. En cuanto al proceso de análisis, se abordó como un continuo en el cual “se intercalan períodos de campo con períodos de análisis y elaboración conceptual” (Rockwell, 2015, p. 67), y en el que fuimos construyendo conceptualizaciones a partir de la reinterpretación de situaciones ya significadas por las participantes.

A partir del análisis de las entrevistas, y la triangulación con las otras instancias de trabajo de campo mencionadas, describiremos algunos procesos atravesados por las mujeres. Consideraremos, con especial atención, las condiciones materiales y sociales de existencia en tanto suponen un rol central a la hora de tomar la decisión de migrar; así como también, los modos de migrar que la comunidad boliviana de Ushuaia ha configurado intergeneracionalmente, y analizaremos la reconstrucción que realizan estas mujeres de las experiencias vividas durante el desplazamiento migratorio, y en los distintos ámbitos cotidianos por los que transitaron en la ciudad de acogida.

Migración boliviana en Ushuaia: breve contextualización

Las migraciones masivas de origen europeo que tuvieron lugar durante los procesos de conformación y consolidación de los estados nacionales en América Latina impactaron claramente en la demografía de la región (Devoto, 2003). Una serie de factores influyeron para que esta situación fuera posible: la necesidad de poblar y asegurar los límites de las fronteras de estos nuevos estados, y, al identificar crecimiento demográfico con crecimiento económico, la posibilidad de generar un rápido desarrollo de la región.

Si bien existieron diferencias en cómo los países que conforman América Latina llevaron adelante esta política migratoria, en Argentina la totalidad de extranjeros de ultramar constituyó un movimiento ascendente y constante entre 1870 y 1930 (Ceva, 2006). Este proceso se enmarcó también en la idea de que los trabajadores europeos “trasladarían su idiosincrasia de orden y trabajo necesarios para encauzar el progreso de los nacientes estados latinoamericanos” (Kleidermacher, 2018, p. 8).

Por eso, es importante destacar que el análisis de las migraciones no sólo posee una dimensión demográfica, sino que debemos inscribirlas en contextos más amplios que incluyan las dimensiones sociales, históricas, políticas y culturales. Puesto que no son un hecho aislado entre otros, a la hora de comprenderlas, las abordaremos desde una perspectiva integral. En este sentido, hablar de inmigración en América Latina es hablar de la historia de la región, y del rol de la política de homogeneización de las diferencias étnicas y nacionales: la política migratoria tuvo el objetivo de invisibilizar la diversidad americana (Quijano, 2000; Briones, 2005; Segato, 2007, entre otros).

De acuerdo con esto, se promovió determinada inmigración europea con el fin de “blanquear” a la población, diferenciando a los inmigrantes entre deseables, e indeseables, a quienes provenían de Europa central o Medio Oriente, al considerarlos poco recomendables para dicho objetivo debido a su idioma, su cultura y su religión (Lvovich 2009 en Kleidermacher, 2018).

No obstante, si bien las migraciones europeas —llamadas y conocidas como “tradicionales” — han sido consideradas como aquellas “deseadas”, no han sido las únicas: los datos también cuentan una historia, aunque el relato naturalizado respecto de la inmigración blanca y su inserción en la sociedad latinoamericana, y argentina particularmente, no coincidan.

Cuadro 1. Inmigración contemporánea en Argentina: dinámicas y políticas

Fuente: Pacecca, M. I. y Courtis, C. (agosto, 2008) Población y desarrollo, 84. Santiago de Chile: CELADE/CEPAL.

En efecto, las migraciones históricas en América Latina también incluyen aquéllas que fueron forzadas de africanos, así como migraciones internas fronterizas. Kleidermacher (2018) indica que “estas “ausencias” en las consideradas migraciones tradicionales no son ingenuas, sino que responden en muchos casos al ideal de composición poblacional de las nacientes naciones” (p. 2).

La naturalización de los supuestos relacionados con las frases más trilladas como el “crisol de razas”, “los argentinos descendimos de los barcos” o “no hay negros en Argentina” se han ido internalizando incluso hasta llegar a nuestros días, sin la posibilidad de reflexión ni mirada crítica. De esa manera, la inmigración latinoamericana desentonaría con las características basadas en los rasgos étnicos y culturales hegemónicos —blancos, trabajadores y educados— en tanto símbolo de alteridad. En este sentido, Segato (2007) propone la noción de “alteridades históricas”: otredades construidas por los discursos de la historia hegemónica. Así, los migrantes no pertenecientes a la oleada tradicional europea deseada, sino que son ubicados en otros tiempos, aunque el movimiento fuera simultáneo de aquella. Al adjudicarles dos momentos diferentes, y dos procesos diferenciados, el movimiento migratorio no “tradicional” queda escindido de los procesos de conformación del Estado en corrientes posteriores, deslegitimando su llegada.

Como podemos constatar en el cuadro 2, en Argentina, las personas inmigrantes de países limítrofes constituyen desde 1869 aproximadamente 2.5% de la población total de Argentina (oscilando entre 2% y 3.1%).

Cuadro 2. Población nacida en el extranjero según origen limítrofe o no limítrofe. Censos Nacionales 1869-2010

Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).

Esta inmigración ha aumentado en las últimas décadas con relación a la inmigración proveniente de otros países no limítrofes, hasta llegar a casi 90% de la totalidad de la población extranjera en Argentina en los últimos años; con un considerable aumento de la migración boliviana que pasó de 14% a 24% del total de inmigrantes de países limítrofes y Perú:

Cuadro 3. Inmigración contemporánea en Argentina: dinámicas y política

Fuente: Pacecca, M. I. y Courtis, C. (agosto, 2008). Población y desarrollo, 84. Santiago de Chile: CELADE/CEPAL. INDEC 2010.

Si, además, consideramos a los descendientes de segunda y tercera generación, el total de extranjeros de origen limítrofe puede casi duplicar el histórico tope de 3%, con importantes implicancias en la “visibilidad étnica” (Grimson, 2006, p. 6). Este dato nos interesa particularmente y será retomado luego, ya que, al decir de García Borrego (2007), hablar de “segunda generación” es referirnos a una segunda generación de inmigrantes. Sin embargo, esas personas no inmigraron. La diferenciación entre la primera generación, la segunda y la tercera, implica “unificar bajo la categoría de inmigrantes, a una diferenciación previa que los separa de quienes no son inmigrantes” (p. 28). La asignación de esta denominación específica para constituirlo como grupo y atribuirle una identidad bajo los criterios de percepción que aplica a aquellos quienes ocupan posiciones subordinadas en la estructura social, “genera un efecto performativo de esta jerarquización que parte del supuesto de que lo normal es la identidad nacional” (p. 41).

Asimismo, por lo que vemos en la información censal, Argentina ha sido históricamente un país seleccionado por la comunidad boliviana para migrar. Como país receptor, cuenta con acuerdos especiales de migración con Bolivia —como con otros países que forman parte del Mercado Común del Sur (MERCOSUR)[6]— que han favorecido el ingreso de esta población al país (Novick, 2013). Pero la novedad que acontece en este movimiento migratorio histórico sostiene Mallimaci (2011), radica en que la ininterrumpida migración boliviana a Argentina ha llegado no sólo a la Patagonia, sino al sur de esta: se han convertido en ciudades receptoras Neuquén, Trelew y Bahía Blanca; y las provincias de Río Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego.

La presencia de inmigrantes bolivianos en esta última provincia argentina comienza a evidenciarse a partir del Censo Nacional de 1991, y continúa en aumento hasta el último de 2010, en una dinámica similar a la que se observa para el caso de Ushuaia, en la que aumentó tanto en términos relativos, como absolutos:

Cuadro 4. Población extranjera por país de nacimiento

Área Geográfica: Ushuaia

País de nacimiento Casos Casos %
Bolivia 851 21
Total, inmigrantes 4 136 100
Total, población 4 649  

Fuente: elaboración propia con datos del Censo Nacional de Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2001. Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).

 

Cuadro 5. Población extranjera por país de nacimiento

Área Geográfica: Ushuaia

País de nacimiento Casos Casos %
Bolivia 3 376 48
Total, inmigrantes 7 083 100
Total, población 49 904  

Fuente: Elaboración propia con datos del Censo Nacional de Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010. Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC).

Sin embargo, asevera Mallimaci (2011) que, si bien la población de origen boliviano en Ushuaia se muestra en aumento, las representaciones sobre esta población se manifiestan como discriminatorias produciendo desigualdad y exclusión. Un fenómeno presente en Argentina, en donde los habitantes de origen boliviano padecen estigmatización en función de estereotipos discriminadores y de discursos xenófobos. Estas construcciones responden a la visibilización de sus rasgos fenotípicos significados como otredad por la narrativa hegemónica, en un proceso de etnicización de la diferencia (Grimson, 2006).

Las condiciones sociales y la necesidad de migrar: “de lo difícil, de lo lejos, de la falta de dinero”

La pregunta de por qué alguien decide abandonar el lugar de residencia nos invita a pensar no sólo en aquellos aspectos de índole personal y subjetiva, sino que también es necesario inscribir estas decisiones en la trama de las sociedades transnacionales configuradas por el capitalismo en su fase global (García Canclini, 2004).

Las personas se han movido a lo largo y ancho del planeta históricamente (Wolf, 2005). Sin embargo, a diferencia de otros momentos históricos, la particularidad que adquieren estos procesos de movilidad en el sistema capitalista actual está dada por la necesidad de desplazarse forzadamente por el mundo porque su lugar de origen no garantiza las condiciones materiales de supervivencia.

Elsie Rockwell (2015b) sostiene que un ejemplo de este panorama, lo constituyen aquellos pueblos sometidos a la desigualdad generada por el sistema, y se ven obligados a emigrar en busca de mejores condiciones materiales de existencia. En este sentido, sostiene que:

estudiar estos pueblos y sus movimientos solo tiene sentido si se les localiza en la profunda y creciente desigualdad mundial. Para ello es ineludible recuperar el concepto de clase social, no como índice de estratificación sino como relación social (Thompson, 1977). […] La contradicción fundante entre trabajo y capital (Harvey, 2014) genera desigualdades por la explotación directa o indirecta de las clases trabajadoras. Aquí se encuentra otro nexo entre indígenas y migrantes, pues los que van en busca de trabajo y vida en tierras ajenas han sido expulsadas de las propias, poco importa si en su generación o en anteriores. Como desplazados e ilegales se les obliga a vender su fuerza de trabajo por debajo del valor, la etnicización y racialización facilitan la explotación al profundizar diferencias y debilitar alianzas posibles (Rockwell, 2015b, p.15).

También Pellegrino (2000) observa que, en América Latina, el aumento de las migraciones intrarregionales en las últimas décadas, especialmente entre los países limítrofes, ha sido debido al incremento en los diferenciales de ingreso per cápita. En referencia a esto, la autora también indica que Argentina es uno de los principales países receptores de este tipo de movimientos, por las posibilidades de trabajo en agricultura, manufactura, construcción y servicios.

En el cruce entre los procesos migratorios y los contextos en los que ellos se desarrollan, se configuran los sentidos de la experiencia escolar que intentamos recuperar en este trabajo. Como dice Achilli (2003), consideramos lo social como un conjunto y no como elementos separados; de esta manera, lo escolar se trata de una parte de una “totalidad sociocultural epocal” (Achilli, 2003, p.170). Con esto no queremos decir que los contextos son determinantes, sino que constituyen una dimensión concreta de producción de la vida cotidiana.

Respecto de las mujeres entrevistadas en nuestra investigación, aparecen entre ellas algunas características comunes que quisiéramos destacar, dado que entendemos configuran las condiciones materiales de los procesos migratorios y de las trayectorias escolares: pertenecen a familias de entre cinco y siete hijo/as; han tenido que trabajar, desde muy jóvenes, junto con sus hermano/as, para ayudar a su familia a sostener el hogar; y el acceso a los bienes materiales necesarios para la reproducción de sus grupos familiares ha sido difícil —más en algunas familias que en otras.

Las mujeres con quienes conversamos narraron experiencias que se desarrollan en espacios que, muchas veces, carecían de la infraestructura básica. Estas circunstancias habitacionales se observan, tanto en la descripción de los hogares en sus lugares de origen, como en la ciudad de Ushuaia: casas pequeñas, hacinación, falta de calefacción o agua corriente y potable, etcétera.

Por ejemplo, una de ellas cuenta que su familia —compuesta por su madre y su padre y seis hermanos— vivió en una casa “alpina” durante muchos años. Estas casas, características de las zonas patagónicas, de madera con techo a dos aguas y de dos plantas, sólo cuentan con dos espacios: la planta baja —cocina y baño— y la planta alta con una o dos habitaciones separadas por un tabique o tela. Luego la posibilidad de conseguir un terreno les permitió colocar un “contenedor”[7] —con sólo un espacio— e ir sumándole otros con el paso del tiempo.

En ese tiempo, si no estoy mal, creo que era el uno a uno,[8] cuando sucedió esto, y [el padre] compró […] cómo se llama lo que traen los camiones […] ¡container! Y compró dos containers […] y los puso uno al lado del otro, le construyó el pasillo en el medio, les hizo las puertas, todo, y […] ahí quedaron […] Este año es […] en mis 24 años de vida […] la primera vez que tengo mi propio cuarto (Micaela,[9] comunicación personal, diciembre de 2018).

En distintos pasajes de las narrativas es posible identificar cómo las condiciones materiales impactan de maneras diferentes a modo de “sufrimiento”, “malestar” o “dificultad” en las vidas de las sujetas y, particularmente, en sus experiencias de escolarización.

De padre constructor y madre comerciante, la familia de once hermanos de Rosa siempre tuvo para comer, aunque en algún momento todos debieron trabajar para conseguirlo. Por esa razón, entre los hermanos no sabían quién de ellos podría ir a la escuela, quién tendría que abandonarla o quién podría continuar estudiando. Una especie de “incertidumbre segura”: la seguridad de que alguno/a de ello/as —aunque no sabían quién— tendría que trabajar para ayudar a la economía familiar, y no gozaría de la posibilidad de seguir estudiando.

Sin embargo, a la hora de decidir quién se haría cargo de las tareas de cuidado, ese lugar de responsabilidad en particular es altamente probable que sea de la hija mujer mayor. Así lo muestran las entrevistadas que, cuando no eran ellas mismas las encargadas de la tarea, eran otras hermanas mujeres mayores quienes asumían ese compromiso. Podemos decir que, en estos hogares, la división sexual del trabajo (Morgade, 2012) define que los varones se encarguen de trabajar fuera de la casa en actividades ligadas a la construcción principalmente (aunque también algunos de ellos lo hacen en el campo); y que, a las mujeres, y en primer lugar a la hermana mayor de la casa, les sean adjudicada las responsabilidades del trabajo dentro del hogar —tareas domésticas y de cuidado de hermanos menores o ancianos.

En estos contextos de pocas certezas respecto del futuro, respecto de la educación, pero también con relación a cómo subsistir y quiénes estarán a cargo de ello, las relaciones familiares fluctúan entre momentos de tranquilidad y otros de mucha tensión, y hasta de violencia física. Así, en las biografías de madres e hijas identificamos hitos que marcan momentos en la toma de la decisión de partir, acompañada de la necesidad de no volver la mirada hacia atrás al menos por algún tiempo, en el corto plazo. Esta estrategia de inmensa importancia define las posibilidades de supervivencia tanto material como emocional de las migrantes una vez que se encuentran en la ciudad de destino:

con tal de salir de mi casa […] (se ríe) me quería […] decir ¡basta! Porque mi mamá me pegaba […] horrible […] es decir, te tiraba con lo que tenía al lado […] pegaba con manguera […] con todo lo que podía (se ríe) te pisaba el cuello, hacía, te hacía, te pegaba de verdad […] y yo […] no lo podía soportar más […] por eso. Y ya tenía15 años. Era grande. Sí, así que me vine […] y después nunca más me fui. Me quedé con mi tía y […] me quedé (Rosa, comunicación personal, noviembre de 2017).

Estas historias se repiten y se convierten en una necesidad para seguir adelante, a pesar de las dificultades y los obstáculos que enfrentan y atraviesan las vidas de estas mujeres.

Otra de las mujeres, María, vivía con su familia al borde de un río en una “cortada de ladrillos” cerca del centro de la ciudad de Salta. Una cortada es un lugar en el que se fabrican manualmente ladrillos. María nos cuenta que los dueños de esos predios le permiten vivir ahí a una familia para que trabaje en la producción de ladrillos, controlada y regulada por algún capataz, que, en algunas cortadas, es también el dueño de la tierra, de la cortada y de la producción de ladrillos. Cuando tenía cuatro años, ese lugar en el que vivían y trabajaban, se inundó y la familia perdió casi todo.

La familia se mudó al campo, y María accedió a un jardín de infantes y a la escuela primaria. En aquel tiempo, todos los miembros de la familia trabajaban, incluso ella que era apenas una niña. Cuando relata esa etapa de la vida, cree entender que, para esa niña, trabajar no era más que un juego. Uno de esos juegos se llamaba “El burrito”: se trataba de poner un ladrillo sobre otro, y lograr que no se cayeran al suelo. Sin embargo, en el transcurso de la entrevista, se ríe con ironía y comenta: “No, explotación infantil, no […]” (María, comunicación personal, 14 de abril de 2018). También recuerda la aventura de salir cuando llovía a “parar” los ladrillos porque, si quedaban “acostados” sobre el suelo, se podían enterrar en el barro, y perderse. Entonces, aunque fuera en el medio de la noche, el papá levantaba a la familia entera y salían a salvar la producción. Según María, hoy observa que no era una vida fácil, y recuerda la cara de su padre y madre agobiados.

Con el tiempo se dio cuenta “de lo difícil, de lo lejos, de la falta de dinero”, especialmente en el contraste que experimentó al comenzar el proceso de escolarización, instancia en la cual pudo compararse con otra/os niña/os.

Por su parte, Rosa iba a la escuela que estaba ubicada a unos 35 ó 40 minutos a pie, desde su casa en Cochabamba. Lo hacía junto a sus hermanos, ya que su madre, quien trabajaba mucho y no podía llevarlos o acompañarlos, les había enseñado a hacerlo de ese modo.

En el caso de Yanina, la necesidad de migrar comienza con la de su padre quien, en busca de trabajo, llegó en 1997 a Ushuaia, antes de que ella naciera:

Yo vine con dos, dos años y medio, un año y medio, prácticamente de bebé […] el tema es que yo vine porque mi papá trabajaba y no nos podía mandar todos los meses plata a Bolivia, así que mi papá decidió que nos vengamos a vivir acá (Yanina, comunicación personal, julio de 2018).

La economía familiar no era buena en Punata, una pequeña localidad boliviana en el departamento de Cochabamba, donde Yanina vivía con sus abuelos, su madre y su hermano mayor. Su padre iba y venía a Ushuaia, hasta que, en 2001, la familia resuelve mudarse completa al sur dada las altas posibilidades de trabajar en la construcción que estaba en pleno desarrollo[10] en ese entonces. Nos interesa destacar que la decisión de permanecer en el largo plazo, para finalmente residir en Ushuaia, tiene que ver con la idea de proyecto de reunificación en el que las mujeres son asociadas con la imagen de lo familiar (Mallimaci, 2009).

Según su mamá, a pesar de que la decisión permitió dicho proyecto familiar, el proceso no fue nada fácil:

Fue medio difícil adaptarse, me contó que yo […] yo le pregunto cosas de cómo era cuando yo era chiquita. Y me dijo que yo me quería regresar con mis abuelos. Sí, pero me duró una semana, después me gustó. A mi mamá también le costó venirse porque acá hay solo familiares de mi papá. Pero como allá no hay mucho trabajo, no hay, por eso vinimos, mi papá es obrero de la construcción y allá no había mucho en ese tiempo. Por eso […] por el tema económico ya que allá no era muy bueno (Yanina, comunicación personal, julio de 2018).

En síntesis, las experiencias cotidianas de estas mujeres se han desplegado en contextos familiares de desigualdad respecto de las condiciones materiales de vida y del acceso a los recursos básicos para la subsistencia. Además, estas circunstancias concretas dialogan con condiciones subjetivas, resultado de procesos sociohistóricos que delimitan las posibilidades de las mujeres en sus contextos familiares, como veremos a continuación.

Otras razones para migrar: la condición de ser mujer

Olga es la mayor de lo/as siete hijo/as de un trabajador tabacalero, y de una madre ama de casa que, sólo en ocasión de hacer frente a la crisis socioeconómica que enfrentaba Argentina en la década de los años noventa,[11] trabajó en un kiosko instalado en una de las habitaciones de su propia casa. No fueron ellos quienes migraron desde Bolivia, sino los progenitores de su padre que, en busca de mejorar las condiciones de vida, ingresaron a Argentina y se instalaron en la provincia de Jujuy.

Según Olga, a ella y su familia nunca les faltó nada y nunca tuvo que trabajar por necesidad, hasta que decidió ir a vivir a Ushuaia e independizarse. Plantea que esta decisión no tuvo que ver directamente con su propia situación económica, sino con la necesidad de irse de su lugar natal, la ciudad de Perico en el departamento del Carmen, una zona de plantación de tabaco.

Olga: Porque había cosas que no me dejaba hacer, a mí y a mis hermanas […] en casa había cosas que […] ¿qué onda? Mi abuelo, por ejemplo, quería un montón a sus nietos hombres (risas). A mí sí, pero […] una cosa que […] increíbles. Veníamos con mi hermano y decía: “Servile a tu hermano” “¡¿qué?, que voy yo a servirle!” que por ahí en casa mi mamá […] Yo siempre digo “yo ya era feminista de chiquita”. Sólo que recién de grande conocí el concepto. ¿Viste? Ahora digo “soy feminista”, con el proceso de muchos otros cambios, pero […] me hacía ruido (Olga, comunicación personal, julio de 2018).

En los relatos de las mujeres, aparece este otro tipo de motivo para abandonar sus lugares de residencia. En todas las historias, a pesar de las diferencias generacionales, la condición de mujer —los estereotipos y mandatos de género— se repite como una dificultad que empuja a tomar la decisión de migrar. Por ejemplo, tener que hacerse cargo de las tareas domésticas, no “necesitar” estudiar, vestirse de determinada manera, no poder opinar o tomar decisiones sobre su propia vida. Vemos que, tal como sostienen Courtis y Pacecca (2010), “el género interviene como categoría estructurante en el proceso migratorio” (p. 156).

Al momento de decidir la migración, algunas de estas mujeres debieron ser sustituidas en función de otras mujeres que las reemplazaran. Es una situación similar a la registrada por otras investigaciones, como la de Courtis y Pacecca (2010) que documentan la importancia de “la intervención de otras mujeres a lo largo de las trayectorias migratorias” (p. 156). Es posible entrever que, para algunas de estas mujeres fue posible migrar gracias al respaldo de otras mujeres migrantes, dentro de un proceso en el cual, quienes migran, saben que la tarea que les permitirá la movilidad será el trabajo de mujeres que otras mujeres necesitan: migrar supuso habilitar las condiciones necesarias para que otras mujeres pudieran hacerlo. Es decir, como expresan Courtis y Pacecca (2010), “la migración femenina registra, en mayor medida que la masculina, una fuerte impronta de negociación y evaluación de desventajas y beneficios que concierne a la totalidad de la unidad doméstica de origen” (p. 173).

Como vemos, las entrevistadas enfrentaron el orden patriarcal dominante a través de la decisión de migrar de su lugar de nacimiento, y con la ayuda de otras mujeres. Observamos entonces mujeres que cuidaron la/os hija/os de otras mujeres, otras a las que las asistieron con vivienda, que les consiguieron trabajo, y con las que colaboraron económicamente para el traslado. También, quienes ocuparon roles de contención emocional y psíquica. De esta forma, a través de “un proceso exigente e intenso, no sólo en los esfuerzos que demanda sino también en los aprendizajes que genera y en las posibilidades que abre” (Courtis y Pacecca, 2010, p. 181), estas mujeres pudieron construir la distancia material y simbólica suficiente que les permitió tomar algunas decisiones respecto de cómo desarrollar sus vidas profesionales y personales.

El análisis feminista ha demostrado que las migraciones han sido procesos generizados, como así también, la importancia de la presencia de las mujeres y de la dimensión de género como articuladora de los procesos migratorios (Mallimaci, 2009). Al respecto, nos interesa recuperar a Cortés (2005) quien considera que la composición según sexo constituye un aspecto fundamental a analizar, pero que no todas las mujeres migrantes se presentan como víctimas, y que “una buena parte de ellas logra cumplir con creces sus propósitos con la decisión de migrar […] cuya decisión autónoma, y muchas veces emancipadora, se basa en su preocupación genuina por buscar un mejor porvenir, aventurarse, conocer el mundo” (p. 10). Los relatos de estas mujeres dan cuenta de que la experiencia migratoria implicó un proceso emancipador más allá de la modificación o no de sus condiciones objetivas, además la percepción sobre ellas mismas, sus posibilidades y aptitudes.

Migrar con y como otrxs

La idea de migrar aparece en las historias de estas mujeres como la oportunidad de revertir esas condiciones de vida que hemos descrito, aun cuando implique sacrificios tales como los que han hecho algunas de las entrevistadas o sus familiares, que incluso decidieron dejar a la/os hija/os con algunos amigos o familiares hasta tener la posibilidad de llevarlos consigo; o que se generen conflictos intrafamiliares que dan cuenta de las tensiones, dificultades y sacrificios que supone la migración.

Como anticipamos, en el caso de la migración boliviana a Ushuaia, Mallimaci (2016) manifiesta que este movimiento poblacional se explica en la implementación de políticas estatales que han promovido el poblamiento de la Patagonia austral a partir de los años setenta, generando el aumento de la radicación de ese país en busca de mejorar su calidad de vida en esta región argentina.

Al respecto, Rosa dice:

hay como un rumor siempre. Porque el hermano de mi tía ya estaba acá desde antes. Hace un montón, entonces vino […] mi papá también ya venía […] (Rosa, comunicación personal, noviembre de 2017).

Señala Mallimaci (2010) que la literatura sobre movimientos migratorios considera dos modalidades de llegada a los sitios receptores de migrantes: la modalidad de los pioneros, que son quienes arriban primero al sitio nuevo, y son quienes suelen activar las cadenas migratorias. Y la modalidad de quienes llegan más tarde, a través de esas cadenas migratorias previamente establecidas, las cuales brindan redes de contención y seguridad a las nuevas personas que llegan (Castles, 2000).

En el caso de la migración boliviana a Ushuaia, estas modalidades también adoptaron esas características desde la década de 1970 hasta la década de los años 2000 (Mallimaci, 2012). No obstante, en la actualidad, no existen dos modalidades separadas, sino que, los pioneros y sus cadenas, se constituyeron en una misma fase de migración a través de lazos preexistentes, generando una nueva etapa en el movimiento migratorio no relacionado con las redes existentes, sino más bien con la configuración de “un espacio boliviano” institucionalizado que garantiza el acceso a los recursos que facilitan la llegada y la permanencia en la ciudad (Mallimaci, 2012, p. 203).

En este contexto, estos movimientos inscriben procesos de construcción de territorios en los que podríamos decir que:

los vínculos sociales, parentales y étnicos configuran un espacio social continuo, aunque físicamente discontinuo […] Y si bien el lugar de origen continúa siendo una referencia fundamental, los movimientos van conformando un espacio social que se crea y recrea más allá de las fronteras geográficas y simbólicas de la comunidad de origen (Ruiz Balzola, 2014, p. 89).

Tanto la familia de Yanina, de Olga y de Rosa contaban con la presencia de familiares llegados con anterioridad. No fueron los casos de la madre de Micaela o de María, que, quienes aseguraron o garantizaron la posibilidad de conseguir trabajo, alojamiento y contención al menos temporalmente, no fueron familiares directos, sino miembros de la comunidad que ya se encontraban viviendo en la ciudad.

Como podemos advertir en los relatos de las mujeres, para la comunidad boliviana, migrar a Argentina se presenta como “una salida” posible y viable percibida tanto por quienes migran, como por otros miembros de la familia o de la comunidad que no lo hacen: la posibilidad de migrar les define como miembros de la comunidad en términos de semejanza, y no de excepcionalidad (Mallimaci, 2012). Es decir, más allá de que la migración se lleve a cabo o no, la disposición a hacerlo es una de las estrategias posibles dado que poseen el conocimiento y saben cómo usar las redes migratorias preexistentes:

la migración hacia Argentina parece ser una estrategia de reproducción familiar y/o personal antigua y extendida. En este contexto, venir a Argentina forma parte de los recursos disponibles, prácticos y siempre a la mano para la reproducción familiar. […] La disposición a migrar forma parte del pasado estructural; sólo basta la decisión de migrar (Mallimaci, 2012, p. 177).

Podríamos decir que, junto al mito de las posibilidades de mejorar las condiciones materiales de existencia en la ciudad de Ushuaia a partir de la posibilidad de obtener trabajo rápidamente, la construcción de redes de información y contención para las personas recién llegadas, y la manera particular en que las comunidades de origen boliviano conciben la migración, resultan en un flujo continuo de llegada a la ciudad.

Por último, destacaremos dos aspectos que hemos identificado en los procesos migratorios de las mujeres de la investigación. Por un lado, la migración concebida como oportunidad de revertir las condiciones de vida: salir de la pobreza, del maltrato y de los condicionamientos y mandatos familiares. La percepción de que estos condicionamientos no son posibles de ser modificados pese a la voluntad de hacerlo produce el escenario para que la decisión de migrar sea concebida más que como algo posible, una acción necesaria.

Y, por otro lado, que, en esas circunstancias, los sacrificios y tensiones que genera la decisión de migrar —como dejar a los seres queridos, a veces a la/os hija/os, la culpa de hacerlo y los conflictos generados por la decisión— ameritan igualmente el riesgo de partir, incluso sostener, una vez lograda la meta de marcharse, aun cuando el futuro en Ushuaia es incierto y las situaciones a enfrentar siguen siendo difíciles en esa ciudad.

Discriminación, explotación y desigualdad: experiencias de inmigrantes en Ushuaia

Cuando nos referimos a las trayectorias aludimos a itinerarios que, aunque personales, se encuentran articulados con la estructura social: en contextos sociales, institucionales, históricos, culturales y territoriales. Tal como indican Birgin y Charovsky (2013) parafraseando a Norbert Elias, estas dimensiones interdependientes y entrelazadas, se concretizan —dado el carácter protagónico otorgado a los sujetos y sus prácticas— en procesos dinámicos, y es difícil aislarlas unas de otras. La atención a las diferentes escalas y dimensiones en juego es un desafío que nos permitirá dar cuenta de la articulación de esas relaciones (Achilli, 2015).

A partir del análisis pudimos identificar ciertos procesos que atraviesan las experiencias de estas mujeres y sus familiares como migrantes de origen boliviano en Ushuaia: discriminación, explotación y condiciones de desigualdad material y de género. A pesar de los esfuerzos descritos por las mujeres con las que hablamos, las tensiones vividas y las inquebrantables voluntades de seguir adelante y buscar un mejor vivir, la llegada —a través de redes o sin ellas— no fue una experiencia del todo agradable. Aunque dichos procesos trascienden las experiencias individuales, las configuran e imprimen ciertas particularidades.  En virtud de ello, aquí describiremos y analizaremos las narraciones de las mujeres en términos de sus experiencias en Ushuaia.

Experiencias de discriminación: “¡Volvete a tu país!”

Nos recuerda Nobile (2006) que “la estigmatización y discriminación de aquellos que no poseen los rasgos dominantes y socialmente legitimados tienen consecuencias en la vida de estas personas (p. 8)”. En tal sentido, todas las entrevistadas pueden relatar alguna situación vivida por ellas que refiere a este proceso. Podemos decir entonces que en tanto entendemos las trayectorias como una articulación entre las estructuras objetivas y las subjetividades de las sujetas, estas configuraciones están influenciadas por las experiencias de discriminación aquí descritas.

En algunas oportunidades, de manera lateral, los procesos de discriminación aparecen como relato de estigmatización étnica. Señala Rosa:

En Cuidados de Enfermería[12] había una enfermera que nos daba esa clase y ya trataba mal a los bolivianos, ya decía: ay que sos boliviano, que son sucios, que esto, que lo otro, que vienen cuando tiene sus hijos, así, asá venía ya […] y a mí no me gustaba nada que dijera eso. O sea, acá hay gente todavía, el otro día me pasó que estaba estacionando así y justo abrí la puerta y pasó un camión y dijo: “Pero che ¡bolita[13] de mierda!” Pero así, insultando se fue…o sea evidentemente sigue habiendo, pero bueno […]” (Rosa, comunicación personal, noviembre de 2017).

En otras ocasiones, las entrevistadas aludieron a prácticas discriminatorias hacia quienes se encuentran en condición de pobreza. En estas situaciones, la percepción de si estas prácticas son el resultado de las posiciones de clase o etnia les sería difícil de discernir. En este sentido nos interesa recuperar la noción de “estigma” de Goffman (1963), quien lo refiere como un atributo desacreditador que ha de ser interpretado en términos relacionales, ya que no se trata de atributos en términos esencialistas, sino en el marco de ciertas relaciones.

Dichas experiencias de discriminación también atraviesan sus experiencias escolares. Micaela recuerda eventos de maltrato en la escuela primaria que todavía le es difícil de interpretar, aunque aún le provoca tristeza y desconcierto:

Había un chico que no sé, si porque era muy ruidoso, no sé por qué, pero los chicos ‘populares’ digamos, lo envolvieron en cinta, todo, y lo ataron a la silla. Creo que porque era pobre (Micaela, comunicación personal, mayo de 2019).

Frente a estas situaciones, dice que, aunque ella “no era pobre”, se las arregló para desarrollar estrategias de “invisibilización” que la hicieran pasar desapercibida. Tal como interpreta García Borrego (2007), “la atribución a otros de una identidad negativamente cargada que, superponiéndose a cualquier otro rasgo suyo, se convierte en su atributo principal y definitorio (p. 30)”, parece afirmar las palabras de Quijano (2000 y 2014) cuando dice que “las clases sociales en América Latina tienen color”, aludiendo al proceso histórico y situado de etnicización por el cual, a través de un marcador social como pueden ser los rasgos étnicos, se justifica la brecha social y simbólica. Varios autores coinciden en que, también en Argentina, “la raza” —como resultado de un proceso de construcción social— se constituyó en un dispositivo que explicara las desigualdades sociales (Broguet, 2018).

Tal vez, como consecuencia de estos procesos, se puede comprender por qué Micaela al ver el maltrato hacia un niño, que en sus palabras “era pobre”, la ponía en riesgo de sufrir lo mismo, pero por su origen boliviano.

Justamente, en aquel mismo relato sobre sus experiencias en la escuela primaria nos cuenta lo siguiente:

Micaela: también tenía una amiga, que fui un par de veces a su casa, en la primaria, en la [escuela] 31. Ella vivía en el Felipe Varela[14] —creo que sigue ahí. Y también su casa era […] me gustaba ir a su casa. No sé por qué, y ¿te acordás que fuimos al Kaupén?[15] Me recordaba al barrio ese, por eso me gustaba, me gustaba ir. Esto de las calles de tierra, el barro, las casas todas pegadas […] no sé. Me gusta, y recuerdo que su casa era así, o sea, no es que en ese momento lo pensaba, pero ahora me doy cuenta de que era bastante precaria. O sea, la puerta la tenías que levantar y correr para poder entrar, por ejemplo, al baño […] me acuerdo. Pero me gustaba estar con ella. Y a ella yo sé que la trataban mal. Le decían “negra”, “bolita” […]

E: ¿Y ella es boliviana?

Micaela: Sí, creo que sí. O sea, tiene como los rasgos. Creo […] nunca le pregunté. Pero sí, la trataban mal. Yo creo que por eso me pasaba de no querer decir de dónde era o quiénes eran mis papás o de dónde eran mis papás. No recuero que me trataran mal a mí, pero creo que lo evitaba porque ya escuchaba cómo le decían a ella. Porque ella tiene como los rasgos, la contextura de ser hija de bolivianos, o del norte. Y yo sé que yo no los tengo tan marcados. Mi papá es como “blancón”. Entonces, creo que también es por eso por lo que me gustaba juntarme con ella (Micaela, comunicación personal, mayo de 2019).

Nos parece interesante distinguir esta consideración de Micaela sobre su color de piel y sus rasgos en comparación con los de su amiga, y no ha sido la única de las entrevistadas en señalar lo mismo: que se auto perciben diferentes a las personas nacidas en Bolivia o el noroeste argentino. Al respecto, sostiene Broguet (2018) que “en nuestro país la ideología racista puede incluso alterar la percepción física de la realidad” (p. 6). Esta apreciación se trata de una descripción física, que, al reconocerla, opera como diferenciador “en un esfuerzo por superar la brecha entre lo material y lo simbólico” (Broguet, 2018, p. 6).

E: ¿Por qué te avergonzaba y lo querías esconder [ser hija de bolivianxs]?

Micaela: No sé, pero no quería llevar a nadie a mi casa. Recuerdo el maltrato hacia las chicas que se notaba que eran hijas de gente del norte y no querer que me hagan eso a mí. Mi amiga también tenía […] lo que tienen a veces es como un olor particular. Como que recién llegaron de Bolivia. O mi mamá cuando recién vuelve le sentís ese olor. Olor a Bolivia decimos con mis hermanos, es un olor particular. Entonces ella [su amiga] a veces lo tenía. Tal vez por su casa, no lo sé y tenía un olor particular y por eso la discriminaban (Micaela, comunicación personal, mayo de 2019).

El “olor de lxs migrantes” también suele señalarse como una justificación para la discriminación. Esto se debe a que, como afirman Neufeld y Thisted (2005), también “el ámbito escolar participa de las ultrageneralizaciones que circulan en los conjuntos sociales: entre los niños aparecen permanentemente estos estereotipos apoyados en lo biológico (entrecruzado con las infaltables categorías residenciales)” (p. 42).

Como apunta Broguet (2018) en Argentina los procesos de “patrullaje cultural” promovidos por políticas estatales:

[…] se extendió entre los propios habitantes como forma de vigilancia y control de las diferencias étnicas, idiomáticas, idiosincráticas. Y compelió a desmarcarse de cualquier adscripción étnico-racial, sobre la negación de la diversidad cultural, presionando para constituir una cultura nacional única y homogénea (Briones 2005; Segato 2007, p. 9).

El tópico del color de la piel vuelve a aparecer, esta vez, en el relato de Yanina que cuenta que su padre es boliviano, igual que sus tíos que están todos naturalizados argentinos. Según ella, son de tez blanca y que, junto al hecho de autoproclamarse argentinos, produjo fisuras en el vínculo familiar con los familiares que llegaron a Ushuaia con posterioridad:

Yanina: no tengo relación. Mis tíos son bolivianos, pero se hacen los argentinos [mímica de comillas con las manos].

E: ¿Se hacen?

Yanina: Se hacen, porque son de allá, pero como tienen el documento de acá se hacen los argentinos. Además, son de tez blanca […] eso mucho no lo sé. Eso me dijo mi mamá (Yanina, comunicación personal, julio de 2018).

Al llegar a Ushuaia, la mamá y el papá de Yanina alquilaron una casa, pero, ante las dificultades para sostener el pago de esta, se mudaron a un terreno en el fondo del de los tíos —un terreno aún fiscal— ubicado en una zona de turbal[16] no apta para la edificación. Allí comenzaron a construir la primera vivienda familiar. Con el correr del tiempo, sus familiares se mudaron a otro barrio, y ella junto a sus padres y hermano tuvieron que mudarse también a otro terreno del barrio, un poco más “alto”. Recuerda ese tiempo como difícil, y que estaban solos mucho tiempo y nadie los cuidaba, cuando su madre, que trabajaba sólo temporalmente, conseguía hacerlo.

E: ¿Y a tu mamá? ¿Alguna vez le pasó algo [sufrir experiencias de discriminación]?

Yanina: No vas a decir nada, ¿no? […] y […] los hermanos de mi papá no la quieren. Especialmente por ser boliviana.

E: Pero tu papá ¿no es boliviano?

Yanina: En el documento dice que no (Yanina, comunicación personal, julio de 2018).

Como vemos, las intersecciones entre los procesos de discriminación social, étnica y de género sufridas por las migrantes se originan incluso en sus comunidades de origen al no ofrecerles oportunidades equitativas en términos de oportunidades laborales, económicas y educacionales. Como sostiene Cortés (2005), diferentes estudios reconocen que la pobreza afecta de manera más drástica a las mujeres (Arriagada, 2005; Godoy, 2004; CEPAL, 2003; CEPAL, 2004 en Cortés, 2005). Una vez en la ciudad de acogida estas mujeres migrantes de origen boliviano también padecen discriminación en sus interacciones cotidianas en ámbitos públicos y privados. El origen de esa discriminación en algunos casos se vería ligada a la visibilidad de sus rasgos fenotípicos en tanto rasgos de alteridad. Queda mucho por avanzar en esta línea que sugiere vínculos entre las trayectorias y los modos en que se tramita la alteridad (extranjero, migrante, boliviano) en la escuela y en la sociedad fueguina.

Migración, trabajo informal y explotación

Como sostenemos, es difícil aislar estas experiencias ya que se encuentran imbricadas. ¿Cómo sería posible pensar en la explotación laboral sufrida por Rosa, María y Cristina sin atender a la condición de migrantes bolivianas? ¿Y cómo apartar de la mirada el hecho de que son mujeres? Las experiencias de discriminación se articulan con aquellas marcadas por la desigualdad de género, conformando una combinación que se presenta a modo de dificultades a la hora de llevar adelante los procesos escolares.

María expresa que “siempre quiso ser maestra”, aunque le costó mucho lograrlo. Cuando terminó la escuela secundaria en la ciudad de Salta, por razones laborales y de horarios, no pudo hacer el “magisterio”.[17] Entonces ingresó a la carrera de Enfermería. Pero, dadas las mismas dificultades para cursar, sólo pudo hacer un cuatrimestre en la universidad. Luego, hizo cursos de secretariado y de peluquería. A finales de 2005 vino a vivir a Ushuaia con su marido. Si bien continuaba el deseo de ser maestra, la posibilidad se le escapaba nuevamente: sólo se cursaba en el turno nocturno y ella tenía que trabajar de niñera a esa hora. Un año después, ingresó y cursó en el Instituto de Formación Docente de la ciudad, sólo hasta que nació su hija, ya que su marido manifestó no querer compartir los cuidados de la niña. Por esa razón, decidió abandonar la carrera en 2009. Finalmente, luego de aceptar la condición impuesta por su marido de no compartir los cuidados de su hija, María se recibió de Profesora para la Educación Primaria en 2016.

Las mujeres que entrevistamos han desarrollado su vida laboral en la informalidad, principalmente como niñeras, servicio doméstico, cuidado de personas mayores o cocineras —una característica que suele ser común en este grupo. Estos trabajos les facilitaron autonomía y mejoraron sus condiciones de vida en el corto plazo. Por tal, las condiciones de informalidad fueron aceptadas dado que, al brindar la posibilidad de trabajar, representó la oportunidad de proyectar un futuro mejor.  Además, para estas mujeres, residir en un país extranjero acarreó dificultades a causa de las diferencias de idioma, costumbres y conocimientos, y ante las presiones económicas y sociales en tanto obstáculos para regresar a sus lugares de origen.

La Madre de Micaela nos cuenta:

Así llegué y empecé a trabajar acá, fue muy duro acá también, aprender de nuevo, nueva vida nueva cultura, o sea todo nuevo, nada que ver todo lo que viviste, un choque muy impactante […] pero sé que quería volver otra vez, pero también pensé volviendo ¿cómo voy a volver, voy a volver a la misma situación, más la situación de mi hijo Max que con su papá no quería saber nada? Si voy a volver, voy a volver a tener problema (Madre de Micaela, comunicación personal, diciembre de 2018).

En otro pasaje relata:

[la mujer que la había recibido] trató de que me quedara, a que yo quería irme, a que no soportaba el trabajo que hacía, no me gustaba porque era muy […] nunca participaba, como mucho en una pensión, mucha gente, mucha tomada, no me gustaba mucho de su amigo tomando, bebiendo. O sea que me costó acostumbrarme, no la pasé bien, bien ese tiempo […] como yo tengo bebé, y el trabajo era muy exigente, muchas horas, dejaba mucho a mi hijo, mi tía no era esa tía que yo conocí, era una otra persona […] porque las personas cambian […] y eso pasó con ella, o sea como viví otra vez como el vivir con mi padre con maltrato, en la manera, la forma, o sea como la cárcel de verdad (Madre de Micaela, comunicación personal, diciembre de 2018).

Rosa también da testimonio de este tipo de experiencia laboral al momento de su llegada a la ciudad:

Hasta mitad de año no hice nada. Después mi tía empezó a llevarme a su trabajo que era para limpiar, iba a la madrugada. Las oficinas del Banco TDF. Cuando estaba ahí…y después al Daewoo, que es el que estaba casi al frente de Oviedo, casi en la esquina ahí […] una concesionaria de autos. Y al Tolkeyén[18] allá, así que ahí íbamos a limpiar con ella, a las tres de la mañana nos íbamos. Estábamos, así que nos levantábamos temprano, íbamos y a las ocho habíamos terminado y ya volvía. Mi tía seguía trabajando. Hasta las once más o menos. Algunos días […] y a veces a la tarde. Entonces yo me venía […] limpiaba, preparaba las cosas, llevaba a mis sobrinos —a mis primos— a la escuela, al jardín, cocinaba […] o sea todo (Rosa, comunicación personal, noviembre de 2017).

A partir de los relatos de estas mujeres, podemos observar que las inserciones laborales en Ushuaia se han desarrollado en situación de informalidad y no reguladas en términos de: las condiciones en las que se realiza el trabajo, la cantidad de horas trabajadas, o la falta de aportes a la seguridad social y/o laboral. Simultáneamente, estas actividades informales producen en las trabajadoras la incertidumbre propia de los trabajos desregulados. Este tipo de tareas, que son muy requeridas y necesarias, pero justamente rechazadas por quienes pueden acceder a otro tipo de trabajo —formal y regulado—, resultan muchas veces desempeñadas por las personas inmigrantes quienes proveen mano de obra barata.

Efectivamente, Cortés (2005) enfatiza la vulnerabilidad como una característica que rodea a la migración:

por el hecho de que los migrantes, por las circunstancias especiales que rodean a la migración actual, están expuestos a caer en manos de bandas organizadas que se aprovechan de su necesidad de encontrar trabajo para subsistir, y de la falta de documentos que regularicen su situación. Esta característica, que afecta especialmente a mujeres y niños, les hace extremadamente vulnerables a caer en las redes de la trata y de actividades clandestinas, como los trabajos domésticos esclavizantes o los trabajos sexuales o degradantes, con las consecuencias que éstos suponen (p. 11).

La explotación y el maltrato laboral es moneda corriente en estas historias: a veces son casi relatos de esclavitud. A modo de ejemplo, recuperamos una de las historias de estas mujeres. La madre de Micaela llega a Ushuaia en avión en septiembre de 1985 sin saber muy bien dónde estaba, sin ropa de abrigo, sin conocer la nieve y sin estar al tanto de qué planes tenía para ella su contacto en la ciudad. Con un bebé recién nacido y habiendo dejado dos hijos más en Cochabamba al cuidado de su abuela, se desempeña como cocinera y hace las tareas de limpieza en un alojamiento para obreros de la construcción de la comunidad boliviana, que llegaban a la ciudad. Con el correr de los meses se acostumbraba y, aunque su vida estaba limitada al trabajo en ese lugar, estas tareas le permitían enviar dinero a sus hijos en Bolivia, circunstancia que, a pesar del sacrificio que implicaba la vida en dichas condiciones, le daba tranquilidad. Poco tiempo después, comienza a darse cuenta de las verdaderas intenciones de la mujer dueña de aquel sitio:

[…] es como una persona como secuestradora, algo así […] o sea, hay cosas que a mí no me gustaban de ella, lo que me impulsaba a las personas que nada que ver, que le gustaba que la persona que fuera con otra persona y de eso ella recibe. Estoy hablando de la prostitución. Pero yo no me dejaba […] me trajo con esa intención. Entonces como yo no le hacía caso me trata mal […] Entonces yo peleado con ella peleaba, pelea va y un día […] Jamás en mi vida yo hubiera pensado lo que me iba a suceder a mí (Madre de Micaela, comunicación personal, diciembre de 2018).

La entrevistada nos narra un episodio que vive, que, aunque confuso, recuerda como real: se dio cuenta de los planes ciertos de abuso por parte de la mujer que la contrataba, y que finalmente terminan en relato de una violación. En medio de un gran dolor y frustración, que llegan incluso a la idea de no querer vivir más, la rescata su actual marido y abandonan aquel lugar en busca de un proyecto de pareja que incluyera todos sus hijos. Inician una vida de carencias y dificultades, pero independiente de esa red que fuera de contención y acogida de la comunidad boliviana recién llegada.

A modo de cierre

La noción de trayectoria escolar nos permitió recuperar el diálogo entre las dimensiones contextuales de las experiencias a través de la reconstrucción de los procesos migratorios y de escolarización de las mujeres de la investigación. Aquí, hemos focalizado los sentidos que las mujeres han construido, desentrañando los procesos que se articulan, y analizando las dimensiones y los contenidos de esas experiencias en los contextos cotidianos en que han sido vivenciadas.

Diremos que los sentidos construidos sobre las experiencias vividas en el cruce con los procesos migratorios dan cuenta de que, si bien las condiciones de vida en el lugar de partida son algunas de las razones por las cuales las entrevistadas dicen tomar la decisión de partir, en las experiencias migratorias analizadas, se puede advertir que las condiciones de llegada no siempre cumplen las expectativas generadas al momento de la toma de dicha decisión. Por lo cual, vemos que estas mujeres de origen boliviano desarrollan sus trayectorias escolares bajo una “condición de migrante” no elegida por los sujetos, producida por la continuidad de las condiciones de desigualdad que las configura.

Creemos que la relación entre estas condiciones, aunque ni mecánica ni lineal, contribuye a trazar límites, y demarca las particularidades que adquieren estas trayectorias. La condición de mujer inmigrante de origen boliviano imprime ciertas cualidades a sus experiencias que exceden sus propios deseos, expectativas e intereses. Esto quiere decir que, para dar cuenta de sus trayectorias escolares, y de sus diferenciaciones, deberemos tener en cuenta, simultáneamente, la intersección de las condiciones desiguales de existencia y las posibilidades en los diferentes momentos de sus vidas. Aquí, citamos nuevamente a Cortés (2005) quien sostiene que:

La vulnerabilidad de los derechos humanos de las mujeres migrantes es un fenómeno sumamente complejo, de carácter multicausal, de difícil identificación, dimensionamiento y resolución. La asociación entre migración femenina y vulnerabilidad tiene muchas fuentes: el racismo, la xenofobia, la violencia y la trata de personas, la baja escolaridad y los salarios inferiores a los mínimos establecidos, el trabajo forzado y las peligrosas condiciones de vida, la falta de acceso a servicios sociales básicos, entre otros que se agudizan con las inequidades de género (p. 69).

Finalmente, diremos que el entramado específico producido por la intersección de las condiciones materiales y simbólicas, las experiencias de discriminación y explotación laboral y la condición de género, producen desigualdades en las trayectorias escolares de las mujeres atravesadas por procesos migratorios. Sin embargo, en el proceso de escolarización y en la formación docente, las mujeres de nuestra investigación han podido resignificarlas favoreciendo la construcción de nuevos sentidos y prácticas docentes transformadoras de las categorías de percepción y de apreciación socialmente constituidas.

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[1] El siguiente escrito retoma uno de los aspectos centrales abordados en la Tesis de Maestría (UNQ) sobre las trayectorias escolares de mujeres de origen boliviano atravesadas por procesos migratorios de la ciudad de Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina.

[2] Para el análisis se consideraron los datos conocidos hasta el momento en fuentes oficiales. Sería necesario señalar que los informes provinciales se basan también en el último censo nacional (2010), ya que, como resultado de la pandemia por COVID-19, el correspondiente al año 2020 ha sido postergado.

[3] Para esta perspectiva, la etnografía es entendida como un “enfoque crítico para acceder al conocimiento de la vida social”, que plantea “la importancia de la direccionalidad teórica”, cuidando de no restringirla a una técnica o método vinculado a las opciones más empiristas y teóricas (Achilli, 2017, p. 15).

[4] Al respecto cabe aclarar que las mujeres fueron informadas del objetivo de la investigación, y su participación como entrevistadas contó con el consentimiento oral informado y registrado en soporte de audio.

[5] Los diarios de formación son documentos personales en los que las y los sujetos registran sus experiencias personales y públicas en la formación docente, desde una perspectiva subjetiva. Se trata de un instrumento metodológico, una “escritura del yo”, cuyo objetivo es favorecer la reflexión y la toma de conciencia sobre la propia práctica y proceso de formación.

[6] El MERCOSUR es un proceso de integración regional entre Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Venezuela y Bolivia (en proceso de adhesión). Si bien su objetivo principal ha sido promover oportunidades de desarrollo económico a través de la integración de las economías nacionales al mercado internacional, ha firmado diferentes acuerdos en materia migratoria, laboral, cultural y social y acuerdos de tipo político o de cooperación con diversas naciones y organismos en los cinco continentes de suma importancia para sus habitantes [véase:  https://www.mercosur.int/.].

[7] Un contenedor o container es un módulo de carga para el transporte marítimo o terrestre que, al finalizar su vida útil, puede ser reutilizado y acondicionado para construir o ampliar viviendas.

[8] “Uno a uno” hace referencia a la política monetaria en Argentina —Ley de Convertibilidad— que estableció una relación de cambio fijo entre el peso argentino y el dólar estadounidense.

[9] Los nombres que aparecen fueron modificados con el fin de preservar la identidad de las entrevistadas.

[10] El proceso de provincialización de Tierra del Fuego en 1990/91 promovió el crecimiento en la construcción de barrios, edificios de oficinas públicas, escuelas, etcétera, y la correlativa demanda de mano de obra. Luego, el auge del turismo en la década del 2000 requirió de nuevos servicios turísticos tales como hoteles y comercios.

[11] Luego de que en 1989 Argentina sufriera procesos hiperinflacionarios, los gobiernos de turno tomaron una serie de decisiones políticas y económicas de corte neoliberal extremo, que, a largo plazo condujeron a una crisis estructural, y a un estallido social en 2001.

[12] Cuidados de Enfermería es una asignatura de la Carrera de Enfermería.

[13] Denominación peyorativa de las personas bolivianas.

[16] Los turbales son un tipo de humedal de la región patagónica.

[17] Hace referencia a la formación que actualmente se denomina Profesorado para la Educación Primaria.

[18] Un hotel de la ciudad de Ushuaia.


 

  1. Argentina. Magister en Ciencias Sociales y Humanidades orientación en Sociología, Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, (UNQ), Buenos Aires, Argentina. Actualmente adscrita a la Universidad Nacional de Tierra del Fuego (UNTDF), Instituto de Educación y Conocimiento (IEC)/ IPES Florentino Ameghino, Ushuaia. Líneas de investigación: procesos socioeducativos con relación a procesos migratorios e interculturales desde el enfoque socioantropológico. Contacto: jtaquini@untdf.edu.ar.