Del Baol a Buenos Aires. Actualizando la genealogía de la migración senegalesa Modou-Modou

Primera época, número 10, julio-diciembre 2020, pp. 176-212.1

Fecha de recepción: 15 de abril de 2020.
Fecha de aceptación: 23 de junio de 2020.

Autora: María Luz Espiro.2

Resumen

En este trabajo proponemos una genealogía contextualizada y actualizada de los procesos migratorios senegaleses, en los que Sudamérica aparece como un destino reciente en procesos históricos de larga data. A la movilidad interna rural-urbana, dentro del continente africano, y la dirigida a Europa y otros destinos extra continentales, en el siglo XXI se incorporan destinos del Cono Sur, como Argentina y Brasil. En esta trayectoria identificamos algunos elementos claves que le imprimen direccionalidad y distintividad a estas migraciones, como la colonización francesa y el Islam en África Occidental, de cuya combinación emergieron los migrantes Modou-Modou. Concluimos que éstos/as forman parte de una cultura de la movilidad y la conexión que va desde un espacio micro-local a un espacio más global y viceversa, articulando conjuntos urbanos africanos, europeos, asiáticos y sudamericanos, que conforman su campo migratorio transnacional.

Palabras clave: trayectorias migratorias, Senegal, Modou-Modou, Argentina, Brasil  

From Baol to Buenos Aires. An Updating of the Genealogy of Senegalese Modou-Modou Migration

Abstract

In this article we propose a contextualized and updated genealogy of Senegalese migratory processes, in which South America appears as a recent destination in long-standing historical processes. In addition to rural-urban internal mobility, within the African continent, and the ones directed to Europe and other extra-continental destinations, in the 21st century destinations from the Southern Cone, such as Argentina and Brazil, were incorporated. On this pathways we identify some key elements that give direction and distinctive features to these migrations, such as French colonization and Islam in West Africa, from whose combination the Modou-Modou migrants emerged. We conclude that they are part of a culture of mobility and connection that goes from a micro-local space to a more global space and vice versa, articulating African, European, Asian and South American urban groups, which constitute their transnational migratory field.

Keywords: migratory pathways, Senegal, Modou-Modou, Argentina, Brazil.

Introducción

Las migraciones contemporáneas, inauguradas en la virada del siglo XX al XXI e inscriptas en los procesos de globalización capitalista, presentan una gran diversificación de rutas y vínculos origen-destino. Esto ha configurado un mapa mundial que aparece cruzado por una infinidad de conexiones entre cualquier punto del globo, marcando una gran diferencia con el mapa de períodos previos, como el postindustrial, iniciado hacia 1960-1970. En esa etapa, los flujos migratorios se “invirtieron” respecto al período industrial, al dirigirse desde países de África, Asia y Latinoamérica, hacia el occidente de Europa y América del Norte (Durand y Massey, 2003; Arango, 2007). Esta tendencia se mantuvo en paralelo al aumento de las restricciones a la movilidad humana en los países centrales, hasta un punto en el que sus políticas de control de los flujos se endurecieron tomando una fuerte dimensión de seguridad, rigidizando las fronteras y adoptado discursos anti-inmigrantes que favorecieron el surgimiento de nuevas rutas migratorias.

La migración africana extracontinental muestra justamente una diversificación de sus trayectorias migratorias, incluyendo nuevos destinos entre países que no estaban en las opciones tradicionales de las personas migrantes (Sow, 2006; Wabgou, 2008). Tal es el caso de Sudamérica, región en la que, durante la primera década del siglo XXI, en algunos países se impulsaron legislaciones con avances en materia de derechos migratorios que favorecieron dichas movilidades,[1] a contramano de lo sucedido en los países del norte económico global. Dichas legislaciones constituyen incentivos que facilitan la elección de destinos latinoamericanos, como una etapa en el camino hacia Estados Unidos y Canadá o también un salto intermedio hacia Europa. Aunque durante el proceso, en algunos casos y por diversos motivos —como la existencia de sólidas redes migratorias—, las personas migrantes acaben estableciéndose en países del sur global.

Somos testigos, entonces, de un flujo de movilidad africana occidental reciente que viene creciendo en América del Sur (OIM, 2017) con centros importantes en las ciudades de San Pablo, Porto Alegre y Buenos Aires. Se trata de una migración cuyos países de origen incluyen Senegal, Nigeria, Ghana, Guinea-Bissau, Camerún, Mali, Costa de Marfil, Togo, Liberia, Gambia y Sierra Leona.

El presente artículo se aboca a la migración senegalesa reciente en Sudamérica, la de mayor envergadura. En Argentina el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas del año 2010 registró 2,738 personas de origen africano (INDEC, 2012), entre las cuales 459 eran originarias de Senegal, cantidad que subrepresentaba la realidad, aunque aun así correspondía al origen más numeroso. Otras cifras corresponden a 1,697 senegaleses que iniciaron el Régimen Especial de Regularización de Extranjeros de Nacionalidad Senegalesa implementado por la Dirección Nacional de Migraciones (DNM) en 2013, mientras que la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina (ARSA) estima que hay entre 4,000 y 5,000 compatriotas en todo el país.[2] Estos números permiten introducir al lector en la magnitud de un fenómeno antropológico relevante, que sitúa actualmente a ciudades del Cono Sur en la trayectoria migratoria de personas de origen senegalés, conformando las migraciones Sur-Sur (OIM, 2013).

El objetivo principal de este trabajo consiste en aproximarnos a la migración senegalesa en esta parte del mundo, entendiéndola como un nuevo momento en  procesos migratorios de larga data, para aportar así una genealogía contextualizada y actualizada de los mismos. A las etapas de movilidad interna (rural-urbana), intracontinental (sobre todo, entre países del occidente africano), y la dirigida fuera de África (principalmente al sur de Europa), en el siglo XXI se incorpora Sudamérica al campo migratorio transnacional senegalés (Suárez Navaz, 2008). Dentro de esta última región nos ocuparemos de destinos del Cono Sur, principalmente Argentina y, en menor medida, el sur de Brasil.

Para la investigación empírica de este artículo se utilizó una metodología cualitativa que incluyó un análisis bibliográfico especializado y entrevistas en profundidad, conversaciones y observaciones con distintos grados de participación durante el trabajo de campo con migrantes senegaleses en Argentina, sur de Brasil y Senegal.

Este artículo está organizado del siguiente modo: en un primer apartado se mencionarán las corrientes de inmigración procedentes del África Subsahariana en Argentina, luego presentaremos algunas características de la República del Senegal, el país de origen de la corriente de migración africana reciente más numerosa en este país sudamericano. Esto nos permitirá entonces dar paso a una profundización de las etapas de los procesos de movilidad de ese país africano.

Principales corrientes de inmigración africana subsahariana en Argentina

En el actual territorio argentino ha habido presencia de personas de origen africano desde finales del siglo XVI como resultado de la trata esclavista, que formó parte del comercio triangular comandado por los imperios europeos. Según los análisis de Reid Andrews que retoman Frigerio y Lamborghini (2011), en fechas tan tempranas como 1534 hay registros de ingresos de esclavos al Río de La Plata. Aunque fue para 1595 que se conoce el número de 300 esclavos para la recién refundada ciudad de Buenos Aires. Casi un siglo después se computa en 22,892 la cantidad de esclavos ingresados formalmente en el puerto de esta ciudad, sin contar aquéllos que fueron producto del contrabando. Si bien este tipo de migración destinada a proveer de mano de obra a las colonias fue forzada, constituye un antecedente a tener en cuenta, ya que como plantean Durand y Massey (2003: 11) “casi 10 millones de africanos fueron importados a las Américas, lo que, unido a la colonización europea, transformó radicalmente su composición social y demográfica”.

La posterior llegada significativa de personas del África Subsahariana hacia Argentina, se ubica entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Se trata de los sudafricanos boer y los inmigrantes provenientes del archipiélago de Cabo Verde. Los primeros, atravesando la guerra anglo boer de 1899 y 1902, fueron invitados a “poblar” territorios patagónicos en el contexto de la inmigración “blanca” (Pineau, 1996). Mientras que los segundos buscaban nuevos lugares donde vivir, porque las condiciones ambientales, sociales y económicas de las islas caboverdeanas eran críticas (Maffia y Zubrzycki, 2011). Estos movimientos están asociados a la dinámica de migraciones transatlánticas que formaron parte de la política migratoria por la cual Estados Unidos, Argentina, Canadá, Brasil y Australia recibieron los mayores contingentes de migrantes europeos que cruzaron el Atlántico, desde la segunda década del siglo XIX hasta mediados del XX (Devoto, 2007).

La antropóloga Marta Maffia (2010) plantea la ausencia de cifras oficiales respecto de la población caboverdeana, debido a dos estrategias: por un lado, sus ingresos no registrados y, por otro, al haberlo hecho como ciudadanos portugueses. Lo cual, a su vez, contribuyó a la invisibilización de esta presencia africana, junto a las propias estrategias de invisibilización identitaria que desplegaron para articular con la sociedad local, con las políticas migratorias de ese período y acceder así a derechos ciudadanos (Maffia, 2011). Recordemos que durante los últimos años del siglo XIX se afianzaba el proyecto de Estado-Nación argentino a partir de un marco de interlocución e inteligibilidad de la diferencia étnica, organizado mediante la gramática del terror étnico (Segato, 2007) y del blanqueamiento (Briones, 2002; Frigerio, 2006), que borró simbólicamente a África como el origen de una gran parte de la población de la época.

El mapeo sociocultural dirigido por Maffia hacia fines de 1990 en 50 partidos de la provincia de Buenos Aires, contribuyó a documentar esta presencia, al contabilizar 987 personas —entre nativos caboverdeanos y sus descendientes— asentadas sucesivamente en las zonas portuarias de Dock Sud, la Boca, Ensenada, Mar del Plata y Bahía Blanca (Maffia, 2011).

Si bien durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX la llegada de personas de África Subsahariana fue prácticamente imperceptible, hacia mediados de la década de 1990 y los primeros años del 2000 se empieza a dar un paulatino incremento en el volumen de este flujo, impulsado por la profundización del estancamiento económico y el deterioro en las condiciones de vida en origen (aumento de pobreza y desempleo), producto de las políticas de ajuste neoliberal y la globalización económica. Esto se dio junto con la incipiente consolidación de sus redes migratorias aquí, tras la llegada de pioneros que incursionaron en nuevos destinos.

Dentro de la diversificación de orígenes, este proceso se encuentra protagonizado por migrantes provenientes de la República del Senegal, país al cual nos abocaremos a continuación. Pero antes, cabe mencionar un registro historiográfico poco conocido sobre la presencia de cuatro hombres senegaleses llegados a la Argentina hacia fines del siglo XIX para trabajar en los ingenios azucareros de Tucumán, provincia del noroeste argentino (Archivo General de la Nación, 2015;  Sow y Goldberg, 2017),[3] que alarga la profundidad temporal de la presencia de senegaleses en el territorio argentino.

Una aproximación a la República del Senegal

Senegal, cuya capital es Dakar, se ubica al sur del Sahara y es el país más occidental de África.[4] La relación entre África Subsahariana y América del Sur es de un ensamblaje continental evidente, vínculo que no es meramente geográfico, sino también geopolítico, al contener ambas regiones “[p]aíses en vías de desarrollo, periféricos, que comparten similares situaciones de vulnerabilidad y desafíos” (Lechini, 2013: 64). Es decir, una historia de ocupación colonial y de luchas por las independencias que las posiciona en situaciones de subordinación y asimetrías con los países hegemónicos. No obstante, los vínculos históricos con las metrópolis han sido disímiles en cada caso, y hoy ambas regiones son tan diferentes entre sí, como la miríada de realidades socioculturales, políticas y económicas que abarcan (Lechini, 2013).

Senegal comparte 800 kilómetros de frontera con varios países: Mauritania por el noreste, Mali por el este, por el sur con Guinea Conakry y Guinea Bissau, mientras que en el oeste el Océano Atlántico establece una frontera marítima de 530 kilómetros. Situación particular es la de Gambia, país enclavado hacia el sur de Senegal, bordeando el río Gambia hasta su desembocadura (Diouf, 2014). “‘Cuando dibujo las fronteras de África siempre tengo la impresión de estar hiriendo pueblos’ decía un geógrafo sobre los límites impuestos hace más de un siglo” (Rekacewicz, 2013: 46). Aquí algunos de estos pueblos son el wolof, el serer y el mandinga, que más allá de las fronteras negociadas (Mbembe, 2008) durante el reparto europeo de África —que dejó como saldo un Senegal francés y un Gambia inglés—, comparten un área geográfica y características políticas, religiosas, sociales y culturales desde antes de la ocupación colonial (Costa Dias, 2009).

La lógica colonial[5] de base impactó profundamente en la matriz productiva senegalesa actual, orientada principalmente a bienes de exportación ligados al sector primario extractivista. Si bien es posible distinguir hasta siete sectores económicos actuales, entre todos destaca el polo productor de maní al centro-norte del país (Ba, 2016). Esta actividad instalada desde 1841 originó una zona conocida como la Cuenca del Maní, que, con los planes de ajuste estructural instrumentalizados por el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) a partir de 1980, se erigió como una de las principales zonas de emigración del país (Sakho et al., 2015) y cuna de los Modou-Modou, como profundizaremos más adelante. Actualmente, las remesas que estos migrantes envían al país se encuentran inyectadas en la economía senegalesa en orden de importancia fundamental (Crespo, 2007).

Senegal se divide administrativamente en catorce regiones, de las cuales la mitad abarcan la Cuenca del Maní,[6] cuyo centro es el principal lugar de procedencia de las personas entrevistadas para fines de este texto. Según las estadísticas oficiales, los migrantes de la región de Dakar corresponden a 30.3% de los emigrantes del país, mientras que los de las regiones eminentemente agrícolas representan sumados 21.7% (ANSD, 2014).

La población senegalesa es de 15,726,037 de personas, 50.2% son mujeres y 49.8% varones. El 46.7% del total reside en centros urbanos, mientras que 53.3% en las zonas rurales (ANSD, 2019). La proporción de personas entre los 0 y los 18 años de edad es de 51%, evidenciando un perfil poblacional joven, cuya esperanza media de vida al nacer es de 64.8 años (ANSD, 2014). La diversidad étnica y cultural del país es muy amplia, destacándose seis grupos étnicos cuyos idiomas son considerados lenguas nacionales (wolof, peul, serere, diola, mandinga y soninké[7]), aunque el idioma oficial es el francés. La etnia wolof es mayoritaria y se concentra en las regiones de Diourbel y Louga, centro del país, coincidiendo con la Cuenca del Maní (Fall, 2002; Fall y Garreta Bochaca, 2012). Desde un punto de vista religioso, 95% de la población profesa el Islam (Evers Rosander 2015) en sus variantes afromusulmanas, es decir, inscripta en alguna cofradía sufí, entre las cuales la Tijaniyya (cuyos miembros son llamados tidjane), nacida en Marruecos, es mayoritaria dentro de Senegal, y la Muridiyya (cuyos miembros son llamados mouride), la única nacida en Senegal, lo es en los contextos de emigración de senegaleses (Babou, 2015).

Los procesos migratorios senegaleses en clave afrocéntrica

Seguimos a los antropólogos sudafricanos Comaroff y Comaroff (2013) al plantear que la modernidad es una producción histórica que ha puesto en colaboración al norte y al sur global. Se trata de una colaboración marcadamente desigual, que estableció una “modernidad de segunda mano a la sombra de distintas metrópolis” (Comaroff y Comaroff, 2013: 23). No obstante, y en línea con lo afirmado por la escritora nigeriana Ngonzi Adichie (2018), podemos narrar esta historia desde su supuesto centro o podemos reconocer las diferentes versiones y narrarla desde los márgenes, poniendo de relieve las contradicciones ocultas de la modernidad capitalista coetánea en las colonias y las metrópolis. Con esto, los autores insinúan que las supuestas geografías de centro y periferia, o de norte y su global, están siendo trastocadas por los procesos históricos mundiales contemporáneos, que sitúan en el sur muchos de los procesos más dinámicos (Comaroff y Comaroff, 2013). Tomamos entonces a África como punto de partida para comprender sus movimientos poblacionales como parte de su historia moderna reciente, en relación dialéctica con el norte global y su imperio capitalista, con otros imperios del mundo, con relaciones intracontinentales y con enclaves localizados. La afromodernidad:

Tuvo siempre sus propios rumbos, que dieron forma moral y material a la vida cotidiana. Produjo significados distintos pero claros con el propósito de dar sentido al mundo y actuar a partir de ellos, crear relaciones sociales, mercancías y formas de valor adecuadas a las circunstancias contemporáneas, no menos que aquellas sembradas por el impacto desigual del capitalismo, que primero fue colonial, luego internacional y hoy se presenta globalizado (Comaroff y Comaroff, 2013: 24-25).

Entre esos signos, creaciones, valores y saberes propios que conforman esta modernidad, aquí situamos a los movimientos migratorios senegaleses y las relaciones construidas a partir de ellos, tanto al interior del continente, como hacia los cuatro rincones del mundo, conformando un campo social transnacional, donde asimismo prosperan economías informales y emergen significados nuevos de trabajo, tiempo y valor. “Esto nos deja ver que frente a la violencia estructural perpetrada en nombre del neoliberalismo, el sur global produce y exporta modos ingeniosos y altamente creativos de supervivencia, y mucho más que eso” (Comaroff y Comaroff, 2013: 41).

Para el caso que nos ocupa, destacamos los valores islámicos sufíes[8] que, puestos en relación con otros valores culturales, constituyen incentivos centrales de los movimientos migratorios senegaleses e ineludibles para su comprensión:

El Islam es una religión fundada por comerciantes de larga distancia y nómadas, un pueblo en constante movimiento. Tradiciones importantes, como la peregrinación a La Meca, una prescripción canónica islámica, el precepto profético de la emigración de las tierras hostiles para proteger la fe y el fomento de los viajes para adquirir conocimientos, ayudaron a consagrar una ética de movilidad entre los musulmanes (Babou, 2015: s/n; traducción propia).

Dicha ética se encuentra representada en el concepto islámico de hijra (o hégira) cuyo hito fundante es el exilio de Mahoma y sus seguidores en la ciudad de Medina hacia el año 622. Esta idea de huir de territorios amenazados por la infidelidad hacia territorios donde poder reproducir las prácticas culturales del grupo que se desplaza, está en la base del conjunto de creencias y motivaciones que sostienen los movimientos migratorios de los senegaleses en el mundo entero, tanto entre mourides como tijanes (López de Mesa Samudio, 2007). Inspirados en la experiencia positiva del profeta, los líderes fundadores de las cofradías sufíes protagonizaron procesos de hijra en la bisagra del siglo XIX al XX, para defender y sostener su doctrina del avance colonial,[9] en ellos se inspiran también las nuevas generaciones de fieles migrantes.

Dentro del imaginario musulmán los exilios no son necesariamente negativos, ya que son asimilados con épocas de prueba y sacrificio necesarios, incluso deseados; los exilios suponen el triunfo ulterior del alma tras muchas penurias y vejaciones; son rituales de paso que de algún modo reproducen para los iniciados sufí, el propio exilio del Profeta (López de Mesa Samudio, 2007: 143).

Incorporamos además la perspectiva geográfica senegalesa, desde la cual Sakho et al. (2015: 28 traducción propia) afirman que debemos “colocar la construcción del campo migratorio senegalés en una doble dimensión territorial y temporal discriminada por la acción colonial en la construcción del Estado senegalés. Porque esto ayuda a explicar la redistribución geográfica de los lugares de partida y de destino”. Tal como veremos a continuación, estos autores vinculan ciertos eventos históricos a los primeros movimientos “de norte a sur y del campo a la ciudad”, siendo actualmente las principales zonas de emigración la Cuenca del Maní y las ciudades senegalesas, y desde allí a los “cuatro rincones del mundo” (Sakho et al., 2015: 28-29).

El entusiasmo cada vez más marcado de la migración internacional es esencialmente el resultado de la dificultad de insertarse en el mercado de trabajo nacional, pero también de la idea ampliamente expandida que hace de los otros lugares un ‘eldorado’. Antes limitada al valle del río [Senegal], hoy la migración internacional es un hecho en todos los grupos socioétnicos de Senegal, pero también de las mujeres, que cada vez toman parte más activamente (Fall, 2010: 4; traducción propia).

El Censo General de Población y Hábitat senegalés de 2013 estima que los migrantes internos representan 14.6% de la población senegalesa (1,881,603 personas) saliendo de las zonas sur y norte del país hacia Dakar y ciudades de la Cuenca del Maní. Luego, 2% de la población (261,145 personas) corresponde a quienes han arribado a Senegal desde el extranjero, principalmente de países de África Occidental, siendo nacionales senegaleses o no. Por último, los senegaleses que han emigrado a otros países son 1.2% de la población (164,901 de personas), del cual  44.5% se dirige a Europa, luego 27.5% a otros países de la región de África Occidental y Central, registrándose un “agrandamiento del espacio migratorio” (Sakho et al, 2015: 32) en tanto 2% de emigrantes se dirige a Asia (y Oriente Medio) y 2.3% a América, es decir a destinos diferentes de los tradicionales (ANSD, 2014).

Todos estos movimientos de personas son facilitados por las vastas fronteras que comparte Senegal con sus países vecinos, así como su apertura al Océano Atlántico, su infraestructura vial, portuaria y aeroportuaria internacional (ANSD, 104).[10] Entre las consecuencias de estos procesos, grosso modo podemos mencionar que las migraciones internas con el fenómeno del “éxodo rural” han generado desequilibrios entre el medio rural y el urbano senegalés, con una explosión en la urbanización que genera presiones en la oferta de servicios sociales y urbanos. Pero, por otro lado, las migraciones internacionales constituyen una entrada de divisas importante para el país mediante las remesas que envían los emigrados, así como los intercambios de recursos como tecnología y cualificaciones.[11]

Una genealogía actualizada de estas migraciones

Migraciones dentro de Senegal

No es necesario remontarnos al origen de la humanidad para constatar que la movilidad de los pueblos africanos tiene una profundidad en el tiempo que va más allá del análisis histórico.[12]

Situamos entonces el locus inicial de estos movimientos internos en el valle del río Senegal, un espacio cultural sujeto a una movilidad histórica de carácter doble: secular y colonial (Sakho et al, 2015). En el primer caso, debido a su ubicación geográfica este valle se posicionó como un área estratégica para la obtención de recursos en las rutas de comercio transahariano desde hace centurias, entre imperios como el de Ghana y Mali, además de ser el territorio de pueblos como los toucouleur y soninké, para los cuales el desplazamiento en el territorio responde a estos intercambios comerciales, pero también es parte de las tradiciones étnico-familiares, como los rituales de paso a la adultez (Sow, 2006; Fall, 2007, en Sakho et al., 2015). En el segundo caso, el movimiento de personas estuvo directamente influenciado por la organización política y económica del imperio colonial francés. La cuenca del río Senegal “así como la región fronteriza de Walo fueron conquistadas y dominadas por los franceses a mediados del siglo XIX” (López de Mesa Samudio, 2012: 139), esto impulsó las migraciones de los pueblos de la zona para acceder a recursos económicos vedados, lo que lleva al geógrafo senegalés Papa Demba Fall a afirmar que “la migración laboral senegalesa fue originalmente influenciada y organizada por la colonización tanto en la elección de destinos como en la estructura organizacional” (Sakho et al., 2015: 29; traducción propia).

Por otra parte, situamos en este contexto de migración interna los desplazamientos de los fusileros o tiradores senegaleses (tirailleurs Sénégalais), soldados que lucharon en varias guerras para la metrópoli, como la Primera y Segunda Guerra Mundial, siendo trasladados a París u otras partes del imperio francés en África Occidental y Central, antes de la independencia senegalesa.[13] Tras la finalización de las Guerras, y como parte de las exigencias imperiales de reconstrucción de Francia, se requirió mano de obra senegalesa en varias ciudades francesas en África y en la capital imperial, lo que generó nuevos movimientos de personas.

Coincidiendo con la independencia del país, desde 1960 comienza la migración de las poblaciones rurales hacia los centros urbanos senegaleses, a causa de la disminución de la productividad agrícola, centrada en el cultivo de maní. No obstante, la primera generación de campesinos de confesión mouride en las urbes data de 1940, cuando comienzan a establecerse en los puertos coloniales de escala, para comerciar maní. Allí comienzan a desplegar formas de identificación urbanas atravesadas por la religiosidad (Diouf, 2000; Ross, 2011).

Hacia 1980 los planes de ajuste estructural profundizaron el desmantelamiento de las estructuras agrícolas,[14] e impulsaron el desplazamiento a gran escala de la población wolof mouride campesina, sobre todo del sector juvenil, como parte de estrategias económicas familiares. En las zonas urbanas se generó la reestructuración del mercado en torno a una economía popular más flexible y dinámica, como las actividades comerciales informales. Este movimiento se profundizaría con la supresión de las políticas estatales de protección a las manufacturas senegalesas y con la devaluación del franco CFA en enero 1994 (Fall, 2010). Esto impulsó el crecimiento de las actividades de importación y exportación, las de servicios y el comercio ambulante (Diouf, 2000).

Con la crisis del campesinado, la Muridiyya, la cofradía islámica de los mouride, arraigada originalmente entre los wolof del Baol rural, fue aumentando su presencia e influencia en las áreas urbanas, donde su espíritu de conquista la llevó a dominar “lo esencial en todas las ciudades senegalesas: el comercio, el transporte, la artesanía, las microfinanzas, etcétera” (Guèye, 2009: 93).

En este momento se consolida una figura central de los movimientos migratorios senegaleses: el Modou-Modou, término que se refiere de modo general al migrante wolof (Fall, 2010). Una “historiografía” de dicho término resulta esclarecedora para comprender los factores socioculturales e históricos que condensa su significado, casi como un epítome de la genealogía misma de la migración senegalesa que abordamos aquí. La socióloga francesa Kelly Poulet (2016) plantea que la palabra Modou es una contracción de la deformación de Mohamed, nombre del profeta y nombre con el que se bautizó a Mouhamadou Moustapha Mbacké, el khalifa general de la Muridiyya entre 1927 y 1945, sucesor del fundador de la orden. Es así que el término Modou-Modou se asocia originalmente a los trabajadores wolof estacionales que cosechaban maní en el Baol central (Crespo, 2007) —Cuenca del Maní— y zona de surgimiento de la cofradía. Por ello recibieron el nombre alternativo de Baol-Baol (Fall, 2010). Cuando la cofradía mouride fue creciendo y posicionándose en la organización de las labores agrícolas, estos trabajadores migrantes wolof se fueron insertando en la estructura misma del mouridismo, como una parte fundamental del movimiento.[15] Son estos campesinos los que se trasladaron a Dakar hacia los 1960-1970 para insertarse en el sector comercial como vimos antes, con un polo de ventas en el mercado de Sandaga y otro espiritual en la ciudad Santa de Touba, Baol. Luego el término Modou-Modou pasará a designar a las personas que migraron fuera de Senegal, como parte de estos procesos sociodemográficos que forjaron una forma de subsistencia y un estilo de vida centrados en el comercio, el ahorro y la religiosidad (Sow, 2004a; Crespo, 2007; Fall, 2010; Poulet, 2016).

Como comentara Tonss, un migrante senegalés dedicado al comercio en Argentina:

Modou-Modou es la forma que desde los 80’ los senegaleses tenemos para decirle a los que se van del país. Pero no cualquier senegalés que se va, sino los que trabajan en una fábrica, por ejemplo, o los que venden. A una persona que trabaja en la administración no se le dice Modou-Modou, ni a alguien que va a estudiar afuera […] Por ejemplo, cuando llegamos en Senegal, en el aeropuerto nos dicen ‘ahí vienen los Modou-Modou (Diario de campo, La Plata, 2016).

Finalmente, como parte de estos movimientos internos también cabe mencionar que:

Frente al progresivo agotamiento de las tierras, muchos cultivadores emigraron a la exuberante Casamanza, sacudiendo así el ritmo de las culturas tradicionales de esa región del sur. Este éxodo es una de las causas de un conflicto político, territorial y comunitario, que lleva ya tres décadas (Mbaye, 2012: 3-4).

Esto produjo nuevos movimientos de las poblaciones de la región de Casamance hacia Dakar, y más migraciones mouride hacia el sur para controlar el conflicto iniciado en 1982 por los intentos de separación de esta región del resto de Senegal.[16]

Migraciones dentro de África

Alrededor de 1,000 millones de personas viven en África (Ziegler, 2013). Las poblaciones del continente tuvieron una explosión demográfica y una revolución urbana sin precedentes en velocidad y tamaño, pero las desigualdades perpetuadas con el neocolonialismo le dejan un poder adquisitivo sólo del 2% mundial (Hann y Hart, 2011) y la cantidad de africanos grave y permanentemente subalimentados aumentó de 81 a 203 millones entre 1972 y 2002 (Ziegler, 2013). Esta desigualdad social se encuentra distribuida de modo diferencial en el territorio africano, reconfigurando el mapa continental por los movimientos poblacionales, con zonas densamente pobladas, como los litorales y las grandes ciudades, y otras casi vacías (Mbembe, 2008).

Gledhill (2015) plantea que el crecimiento poblacional africano ha reforzado la percepción de que una vida mejor podría ser asegurada mediante la migración, mientras que Stoller (2002), encuentra los motivos para migrar en las condiciones de pauperización que sufre. No obstante, Kabunda Badi (2007) enfatiza que son multicausales los motivos de la migración africana.[17]

Según este politólogo congoleño, alrededor de 40 millones de migrantes africanos forman parte de los flujos intracontinentales (Kabunda Badi, 2007), lo que lleva al historiador Babou (2015: s/n; traducción propia) a afirmar que “la migración regional dentro del continente moviliza por lejos el mayor número de migrantes africanos”. Ciudades como Johannesburgo, El Cairo, Casablanca, Kinshasa, Nairobi, Lagos, Douala, Dakar y Abdijan se conforman como grandes metrópolis en las que se consolida una sociedad urbana, nutrida de las migraciones intracontinentales que arriban a estos centros (Mbembe, 2008). Entonces, en el África Subsahariana los flujos son principalmente intra/interregionales y representan 75% de los migrantes africanos: “de las zonas rurales hacia las ciudades, de las zonas de guerra hacia las de paz y de los países más pobres hacia los países ricos” (Kabunda Badi, 2007:1).

Esto también es señalado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM):

A pesar de una percepción generalizada en los medios de comunicación en el sentido de que Europa corre el riesgo de verse invadida por una corriente de migrantes de África, el porcentaje de africanos que emigra al extranjero sigue siendo relativamente modesto […] Alrededor de dos terceras partes de los migrantes del África Subsahariana se trasladan a otros países dentro de la región. Solamente el 4% del total de los migrantes que viven en los países de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos] son originarios del África Subsahariana […] En 2010, el 64% de la migración subsahariana era de carácter intrarregional y laboral, y se dirigía principalmente a países como como Burkina Faso, Kenya y Sudáfrica (OIM, 2011: 68).

Este organismo indicó que hacia 2018 la cantidad de africanos que emigra fuera, en términos continentales generales, es prácticamente igual a la que lo hace al interior de África. Mientras que en la región occidental la migración intrarregional continúa siendo la tendencia, debido a los acuerdos de libre circulación dentro de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (OIM, 2018).

Para el caso específico de Senegal, durante los movimientos de la época colonial, luego de la independencia y hasta 1992, se constató que dos tercios de los flujos migratorios se dirigían a otros países africanos. Costa de Marfil, Gabón, Mauritania, las Islas Comoras, Seychelles o países de África Central, requerían demanda de trabajadores senegaleses para empleos técnicos, de educación, construcción o minería. Sin embargo, las crisis suscitadas en estos mismos países post independencias redirigieron una parte de estos flujos migratorios hacia otros destinos, tanto a países del Magreb, cuanto principalmente a Europa (Sakho et al, 2015).

En África Occidental, Senegal, Ghana y Nigeria son los tres principales emisores de emigración hacia Europa y representan juntos la mitad de los flujos migratorios subsaharianos, por delante de Cabo Verde y Mali (Kabunda Badi, 2007). Hacia 2007 una investigación de la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, sobre la migración entre África y Europa, reveló que “de cada diez senegaleses de la región de Dakar, uno dice que migraría para Europa, contra uno de cada veinte que tendría como destino la propia África” (Sakho et al, 2015: 33).

Cabe mencionar que en 1981 en Senegal se suprimió la ley que obligaba a la obtención de una autorización previa para salir del país, lo cual favoreció la espontaneidad de las migraciones como estrategia para resolver cuestiones laborales y de mantenimiento familiar (Fall, 2003).

Por otro lado, como parte de los movimientos comerciales de los mourides —relatados en el apartado anterior— destacamos que sus redes de negocios los llevaron por otros países africanos, como Gabón[18] desde 1960 (Babou, 2015), o Sudáfrica desde la década de 1990 (Barbali, 2009).

Una región de gran recepción de personas que se movilizan dentro del continente es el espacio saharo-saheliano, que lejos de constituir sólo una zona de tránsito en las rutas hacia Europa, se termina convirtiendo para muchos en una zona prolongadamente habitada (Kabunda Badi, 2007).

El África Occidental y el África del Norte son las grandes regiones de las migraciones del continente y sirven de etapas hacia Europa. Las ciudades del Sahara tales como Tamanrasset, Djanet (Argelia), Agadez (Níger), Sabha, Koufra (Libia), El Ayun (Sahara Occidental), Nouadhibou (Mauritania) y Saint-Louis (Senegal) sirven de puntos de paso y de contacto con las redes de migraciones entre el África subsahariana y el Magreb, última etapa antes del asalto europeo. De este modo, se ha pasado de las migraciones internas a las migraciones externas, y en los países receptores del Norte de las migraciones por trabajo (provisional) de las décadas anteriores a las migraciones de asentamiento (permanente) actuales (Kabunda Badi, 2007:2).

Migraciones fuera de África

La colonización es uno de los fenómenos que permite explicar la orientación de los flujos migratorios africanos extra-continentales, como es el caso de los senegaleses orientados tradicionalmente hacia Francia y luego a Bélgica, España e Italia. Este último país se ha llegado a posicionar antes que Francia en cantidad de senegaleses que recibió (Sakho et al, 2015). Una encuesta senegalesa de 2002 (ANSD, 2006, en Sakho et al, 2015) registraba que los migrantes del valle del río Senegal se dirigían a Francia y destinos aledaños a la frontera senegalesa, mientras que los migrantes de la Cuenca del Maní lo hacían hacia el sur de Europa (Italia y España), y los de la región de Dakar tanto hacia Europa como Estados Unidos.

Son los Modou-Modou quienes hacia 1960 representaron aproximadamente entre 10% y 12% de los migrantes internacionales instalados en Europa, conformando 40% de los flujos migratorios senegaleses para el año 2000 (Fall, 2010; Babou, 2015). Si recordamos el origen del término asociado a migrantes del campo, religiosos y con escaso nivel de escolarización —francesa, aunque no coránica— que se iban a Europa, inicialmente este tenía una carga peyorativa. Sin embargo, con el tiempo fue perdiéndola y pasó a designar de modo general a todos los emigrantes wolof, sean estos mourides o no (Crespo, 2007).

Si para 1970 gran parte de los mourides vivían en Francia, entre los que también había estudiantes y académicos con visas de estudio, durante 1980 estos migrantes comienzan a buscar destinos con mercados laborales más promisorios, en tanto las condiciones laborales y de ingreso a ese país empeoraron (Ross, 2011). Países como Italia, España,[19] Reino Unido, Canadá y especialmente Estados Unidos comenzaron a aparecer como destinos favoritos en sus redes (Wabgou, 2008). En el caso de Estados Unidos, una medida del éxito de la primera generación de migrantes mourides podemos encontrarla en la dispersión de sus negocios tanto en las grandes ciudades, como en los suburbios de áreas metropolitanas menores (Ross, 2011). Esta contención para los nuevos migrantes no sólo se da en Estados Unidos, sino en diversos países de destino donde los recién llegados encuentran apoyo moral, económico y conexiones laborales que les facilitarán su inserción.

Un entrevistado senegalés en Brasil nos resumía estas lógicas de apoyos y conexiones presentes en el norte económico global, pero también en los nuevos destinos como los que veremos en el próximo apartado:

La región de Diourbel son más tradicionales de migrar, ellos comenzaron a migrar 40 años atrás para Europa, entonces son antiguos en eso, ellos siempre buscan el lugar con más concentración de Diourbel. La gente de Diourbel se llaman ‘Baol-Baol’, como si fuera ‘gaucho’, entonces ellos siempre buscan donde haya más concentración de ‘Baol-Baol’. Inmigración ‘Baol-Baol’ hay más en Argentina que acá [Brasil] (Mor, Porto Alegre, 2016).

También se posicionan algunos destinos asiáticos, como China, India, Japón, Dubái atrayentes por su crecimiento económico y por ser lugares de compra de mercaderías a buen precio que abastecen las cadenas comerciales en el campo transnacional (Kabunda Badi, 2007, Pelican, 2014).

Moreno Maestro comenta que “la posibilidad de emigrar a los países desarrollados económicamente es uno de los temas más recurrentes de los jóvenes en las calles senegalesas en la actualidad” (Moreno Maestro, 2006: 25). Esta afirmación se mantiene vigente, con una ampliación de los destinos y mecanismos de emigración. Frente a las políticas migratorias restrictivas de los destinos tradicionales, no sólo en los países de la Unión Europa, del Reino Unido, de Norteamérica —“en el fondo hoy ser musulmán es una de las más grandes extranjerías” (Iniesta, 2009: 18), lo que evidencia la yuxtaposición del racismo y la islamofobia—, sino también en el Magreb por la política de externalización de los controles migratorios, se han desviado las rutas hacia caminos transaharianos, como vimos antes. Esto igualmente no ha logrado eliminar el uso de embarcaciones inseguras (“cayucos”) para cruzar el Mediterráneo rumbo a Europa, que data de 1970 (Sakho et al., 2015). Porque con la crisis de la pesca artesanal en Senegal, producto de la sobreexplotación extranjera del recurso, actualmente se da un fenómeno de migración riesgosa, a través del mar, de la población de barrios tradicionalmente pescadores de Dakar, así como de otras ciudades costeras senegalesas (Fall, 2010; Sakho et al., 2015; Poulet, 2016).

Se estima que, cada año, unos 2 millones de personas intentan entrar ilegalmente en territorio de la UE y que, de ese número, cerca de 2000 perecen en el Mediterráneo y otros tantos en el Atlántico. Su objetivo: alcanzar las islas Canarias a partir de Mauritania o Senegal, o atravesar el estrecho de Gibraltar desde Marruecos (Ziegler, 2013: 60).

En estos movimientos internacionales encontramos el aumento de mujeres senegalesas migrantes, quienes no sólo se integran a partir del reagrupamiento familiar en destino, sino que salen ellas mismas de manera autónoma para contribuir en el sostén familiar, proceso favorecido por experiencias urbanas, como el trabajo asalariado y la escolarización femeninas.[20] Sakho et al. (2015) indican que la diferencia entre varones y mujeres que emigran en Dakar ha disminuido, de 3 mujeres cada 7 varones, a 2 de cada 3. Hacia Europa ellas migran hacia Italia y España (Sow, 2004b), donde se insertan en pequeños comercios y en el servicio doméstico, mientras que Francia concentra las migrantes por reagrupamiento familiar. En Estados Unidos el trabajo en peluquería para trenzado de cabellos se ha convertido en la principal ocupación laboral de estas mujeres (Ross, 2011).

Otro grupo que no integra la migración Modou-Modou y exige un análisis propio, pero merece ser mencionado dentro de los flujos migratorios senegaleses internacionales, es el de la élite intelectual y altamente cualificada, entre la que se registra una tendencia significativa a salir de Senegal, fenómeno que queda encubierto debido al bajo grado de escolarización general de la población.[21] Sakho et al. (2015), mencionan que estas personas emigrantes se concentran en Dakar y frente al aumento en la cantidad de salidas se registra una baja tasa de retornos, sobre todo desde Europa, donde existen diversas estructuras para facilitar la movilidad y permanencia de estudiantes africanos.

Actualmente, tal como ha hecho notar Papa Demba Fall (2010: 4; traducción propia), los retornos positivos en dinero de la migración son una fuerte estrategia familiar:

De hecho, las importantes transferencias de fondos destinadas a los familiares contribuyen eficazmente a la reducción de la pobreza junto a la movilización de las asociaciones de migrantes,[22] todo lo cual es un verdadero factor de desarrollo de sus territorios de origen.

Para quienes permanecen en origen, estas remesas permiten cubrir gastos inmediatos, como alimentación, ropa, escolaridad, eventos y celebraciones anuales. También son redirigidas a proyectos de más largo plazo, como la construcción de una casa familiar, el inicio o expansión de un negocio, además de lo que se destina al crecimiento de la ciudad Santa de Touba, epicentro de la multiterritorialidad mouride (Guèye, 2009).

El Cono Sur como nuevo destino migratorio y espacio de circulación regional

Como parte de una nueva geografía de centralidad transfronteriza, Saskia Sassen (2001) señala la emergencia de una geografía política paralela a fines de los años 1980 y principios de 1990, cuando Buenos Aires y San Pablo emergen como ciudades globales al insertarse en la bolsa de valores, experimentando los procesos propios de la globalización de las grandes ciudades del norte: centralización y dispersión, periferia, migraciones, mercados de trabajo informal, identidades translocales. Como desarrollamos al inicio, hacia mediados de la década de 1990 empieza a aumentar el volumen del flujo migratorio senegalés hacia Argentina, siguiendo rutas específicas.[23] Muchas personas optaron por ingresar por pasos fronterizos terrestres eludiendo los controles, es decir, por lugares y pasos no permitidos o inhabilitados. Como resultado, la persona migrante no tiene constancia legal de su ingreso al país, situación que posteriormente dificulta el inicio de cualquier trámite de radicación y la obtención de una documentación legal, hasta el Régimen de Regularización de 2013, que suprimió excepcionalmente este requisito establecido en la Ley de Migraciones argentina.

Esta situación merece una explicación sobre el papel que jugaron Brasil primeramente y luego Ecuador en las rutas de los senegaleses hacia el Cono Sur.[24] Mientras que Brasil cuenta con una representación diplomática de Senegal, Argentina actualmente no la tiene, siendo Brasilia la residencia del cónsul más cercano. Este hecho colocaba a Brasil como un país del cual se podía obtener una visa de turismo con validez de 15 días, que permitía entrar y quedarse allí o ser la vía de ingreso a Argentina, una vez vencido ese plazo la persona permanecía en situación irregular en cualquiera de los dos países. La salida a esta situación es similar en ambos, siendo la solicitud de refugio la principal opción para acceder a un estatus migratorio regular, por un tiempo. En el caso de Brasil, frente a las resoluciones negativas del Comité Nacional para los Refugiados (CONARE), ésta redirigía la solicitud al Consejo Nacional de Inmigración para buscar la forma de conceder visas a estos migrantes. Mediante una resolución se les otorgaba una residencia permanente por excepción, un proceso que no era ni automático ni abarcativo de todos los solicitantes senegaleses[25] (Bittencourt Minchola, 2019, comunicación personal).

En Argentina, frente a la ausencia de representación diplomática senegalesa, cabe destacar el papel ejercido por la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina (ARSA).[26] Esta asociación interactúa activamente con organismos del Estado, como la Dirección Nacional de Migraciones (DNM) y Cancillería, así como también mantiene relaciones con el gobierno de la República del Senegal y con las embajadas senegalesas en Washington y Brasilia, ésta última habilitada para recibir trámites y documentación de los senegaleses residentes en Argentina. En la práctica ARSA actúa como representación gubernamental de los senegaleses en el país y como mediadora entre los migrantes y otras organizaciones, como fundaciones y asociaciones civiles de ayuda a las personas migrantes y refugiadas (Maffia et al, 2018).

Ecuador, por su parte, impulsó una política migratoria de “fronteras abiertas” con base en la idea de una “ciudadanía universal”. Desde 2010 hasta 2015[27] eximió de visado de ingreso a los senegaleses, actuando así como lugar de tránsito regularizado y nodo geográfico articulador de espacios de desplazamiento dentro de la dinámica internacional (Ménard Merleau, 2017), con un auge en 2013. Se ha consolidado así un aceitado mecanismo de intermediarios que posibilitan el cruce de fronteras desde este país hacia Brasil o Argentina, pero llegar hasta aquí implica un viaje por tierra mucho más largo y con varios de los cruces fronterizos señalados antes. Entre 2012 y 2015, llegaron 6,722 senegaleses en avión a Ecuador, entraron regularmente y salieron por pasos no autorizados hacia el sur, puesto que no se registran salidas y hoy es prácticamente inexistente su presencia en ese país (Ménard Merleau, 2017). Por otro lado, la exención de visados de ingreso a ciudadanos gambianos se prolongó hasta mediados de 2019, convirtiéndose en una alternativa para los senegaleses —recordemos la posición geográfica y los vínculos socio-étnicos de ambos países.

Tal como relata un interlocutor senegalés en Argentina:

Cuando Ecuador cerró la puerta en 2016, no cerró la puerta para Gambia, cerró la puerta para Senegal, y Gambia es un país adentro de Senegal. Qué pasa, en los países africanos —la mayoría— la edad no es importante, vos vas al tribunal y decís ‘nací en 2000 tanto y en dos meses te dan certificado de nacimiento. Con ese certificado pedís DNI y pedís pasaporte […] y es fácil lograrlo. Yo soy senegalés y voy en Gambia y en tres días tengo mi pasaporte. Y de Gambia venís a Ecuador (Ndongo, La Plata, 2020).

En poquísimos casos las personas migrantes senegalesas han llegado hasta Sudamérica en barcos de carga, un tipo de viaje que es mucho menos costoso que el viaje en avión. Hay casos registrados para Brasil, con la complicidad de la tripulación (Marcelino y Cerrutti, 2012), también hay algunos senegaleses que llegaron a Argentina como polizones en las bodegas, pero son casos excepcionales. Cabe señalar que desde los medios de comunicación argentinos, generalmente se representa a todos los migrantes africanos como refugiados y polizones. Esto incurre en dos errores graves, por un lado en contribuir a la estigmatización de esta población, y por otro en generar confusión sobre las diferencias entre refugiado y solicitante de refugio: casi toda persona senegalesa que llega a Argentina inicia el trámite de solicitud de refugio en la CONARE, como alternativa para conseguir una documentación legal del país, la residencia precaria, siendo muy pocos los que han obtenido el estatus de refugiado, como los migrantes originarios de Casamance que llegaron en 1990 (Zubrzycki y Sánchez Alvarado, 2016).

Entre los principales lugares de establecimiento de la migración senegalesa en Argentina, se encuentran la provincia de Buenos Aires, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pero hay grupos más reducidos residiendo a lo largo y ancho del país (como Salta, Jujuy, Catamarca, Tucumán, Misiones, Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, Mendoza, Neuquén, Chubut, entre otras provincias). Argentina aparece como un destino migratorio, donde las distancias (geográficas y culturales) son contrapuestas con un imaginario de país europeizado con facilidades de acceso y permanencia, que posibilita la realización de su proyecto migratorio de acuerdo con sus propias lógicas de circulación, signadas por una movilidad estratégica entre diferentes puntos: regiones de Argentina; entre Argentina, Brasil y otros países latinoamericanos o europeos; o las visitas a Senegal (Zubrzycki y Sánchez Alvarado, 2016).

Por su parte, la migración senegalesa asentada en Brasil se da con posterioridad a la Argentina, favorecida por la fase brasilera de fortalecimiento económico. Herédia y Pandolfi (2015), sostienen que la crisis del capitalismo central reorganizó la división internacional del trabajo, colocando a Brasil en una posición privilegiada de desarrollo por sobre otros países latinoamericanos y como nuevo destino en las rutas de los migrantes internacionales. Como parte de este crecimiento y visibilidad, obtuvo promoción mundial a partir de los eventos deportivos que ejercieron atracción entre los senegaleses, por la idea de una mayor oferta laboral.

Como expresa un interlocutor senegalés en ese país:

Hace mucho tiempo que hay senegaleses acá, pero nosotros decimos la ‘nueva ola inmigratoria’ comenzó a llegar en 2008 en Brasil entero. Yo me acuerdo cuando llegué en 2008 ahí en San Pablo, sólo encontrabas senegaleses que no tenían más de un año, eran grupos de 15 personas máximo que estaban allá. Entre 2008, 2011, 2012 comenzaron a llegar en gran cantidad, 2010, por causa de la Copa [Mundial de Fútbol] comenzaron a llegar […] Antes, antes de 2014 Brasil era una cosa considerada, una nación para los senegaleses violenta, como un país violento, un país lleno de [… ] un país mal visto […] pero desde 2014 Brasil empezó a ser visto como un país que tiene oportunidades para todo el mundo […] Después vino ese cambio de onda, que económicamente se metió mucho, no sólo en los brasileros, pero inmigrantes también, en general (Mor, Porto Alegre, 2016).

El territorio más meridional de Brasil linda con Argentina a lo largo de 1,236 kilómetros de ríos y canales que se prolongan por el Estado de Santa Catarina y Río Grande do Sul. Este último alberga una de las mayores poblaciones de senegaleses del país, y son algunas de sus ciudades las que constituyen nodos socioespaciales en las redes transfronterizadas que delinean las prácticas de circulación migratoria de los senegaleses, entre ambos países del Cono Sur.

En Río Grande do Sul se registra la llegada de estos migrantes a inicios de 2000, atraídos por los polos industriales de sus ciudades medianas, que además ofrecían un sector de servicios consolidado como otra opción donde insertarse laboralmente. Mientras que los primeros grupos de migrantes se instalaron en Passo Fundo, hacia 2012 empiezan a instalarse en Caxias do Sul. En esta ciudad se encuentra el Centro de Atención al Migrante, una “institución que hace la articulación con el mercado de trabajo posibilitando la colocación de los senegaleses en empleos formales” (Heredia y Pandolfi, 2015: 111) y constituye una referencia para las personas migrantes de Senegal que integran este circuito interurbano transnacional.

Pero las sucesivas crisis que viene enfrentando Brasil impactaron en la reducción del mercado laboral registrado, por lo que allí también emerge la venta ambulante como alternativa, aunque los propios migrantes senegaleses en Porto Alegre y Caxias do Sul consideran que las ganancias provenientes del comercio no son tan cuantiosas como en Argentina, adjudicando las causas a que los brasileños no utilizan tanto dinero en efectivo como sus vecinos argentinos. Lo que llevó a concluir a un interlocutor senegalés que “la gente gasta más en Argentina” (Boubacar, Puerto Madryn, 2016). Al respecto, otro interlocutor senegalés de Argentina con quien nos encontramos en Dakar decía:

Para mí es mejor Argentina que Brasil para vender, porque hay más comerciantes, se vende más. En Brasil la gente que cobra usa mucho la tarjeta, entonces para el tipo de trabajo de nosotros no es bueno eso. Brasil es bueno para agarrar un trabajo por contrato, pero igual hay algunos que pagan bien y otros no tanto. Además la vida es más cara en Brasil, en Argentina hay más libertad, es mejor para trabajar (Malik, Senegal, 2017).

Estos conocimientos evidencian que los Modou-Modou han logrado construir redes transnacionales de logística comercial también en esta región. Si bien la venta callejera aparece como la posibilidad concreta de ganar dinero, también tiene sus riesgos que se traducen en vulnerabilidad laboral, por los controles municipales y policiales en las diversas ciudades donde la venta en la vía pública sin permiso suele constituir una contravención. Por otro lado, están aquellos comerciantes senegaleses que han optado por emprender un negocio de tipo mayorista, abasteciendo de mercadería a otros vendedores senegaleses callejeros. Estos mayoristas, incluso en Argentina, se abastecen de mercadería en el centro de la ciudad brasileña de São Paulo, donde compran a comerciantes chinos que la importan de su país.

En la conformación y consolidación de estos circuitos, se amplía el campo social transnacional al que pertenecen las personas migrantes senegaleses. Quienes viven en Brasil y tienen un contacto en la Argentina pueden optar por venir a trabajar a este país en la venta, para luego volver a Brasil en busca de un nuevo trabajo con contrato —o viceversa para el caso de quienes viven en la Argentina—, pudiendo ir y venir dentro de este circuito, de acuerdo a las fluctuaciones económicas y las conveniencias laborales.

Conclusiones

A lo largo de este trabajo intentamos ofrecer un panorama lo más abarcador y holístico posible sobre los procesos migratorios de los senegaleses, haciendo hincapié en los Modou-Modou, desde una perspectiva temporal y espacial, que permita situar los flujos contemporáneos hacia Sudamérica como parte de un devenir histórico particular, en el que se reconocen etapas de movilidad heterogénea, sucesivas pero también simultáneas, en tanto las rutas y redes ya consolidadas estimulan la continuidad de los procesos migratorios.

Presentamos las migraciones dentro del territorio senegalés —incluyendo movimientos históricos pre-existentes a las fronteras estatales—, las intracontinentales y las internacionales fuera de África, primero hacia el norte económico global y luego las sur-sur, que a priori representan una etapa previa para llegar a América del Norte o Europa, aunque en la práctica puedan volverse destinos más permanentes para estos migrantes.

En esta trayectoria identificamos algunos elementos claves del contexto africano de origen que le imprimen direccionalidad y distintividad a estas migraciones, como los vínculos coloniales y el Islam, en cuya intersección emergió la figura del Modou-Modou, como el epítome mismo de los movimientos migratorios senegaleses y parte de esa afromodernidad, que tomamos de Comaroff y Comaroff para insistir en que las formas de la migración senegalesa en esta parte del mundo tienen una profundidad y complejidad que no es dable resumir sólo en factores económicos ni en condiciones de absoluta dependencia. Puesto que en cada etapa migratoria analizada se hizo evidente el trasfondo sociocultural y económico-político más amplio que las contiene. En este cobran relevancia formas de pertenencia inscriptas en la “afirmación de una continuidad” (Sow, 2006:30) caracterizadas por la migración como un modo de vida y subsistencia, sujeto a ciertas normas sociales, instalado en la sociedad senegalesa desde hace décadas y que continúa ampliándose de manera dinámica en el presente. Para ello es fundamental la agencia de la persona migrante dispuesta a movilizar su red migratoria, reacomodar sus conocimientos e implementar estrategias diversas para circular, aprovechando los espacios intermedios del capitalismo flexible y las burocracias estatales, para sortear las restricciones impuestas.

Las personas migrantes senegalesas forman parte de una cultura de la movilidad y la conexión que va desde un espacio micro-local a un espacio más global y viceversa, conectando conjuntos urbanos africanos, europeos, asiáticos y sudamericanos, que conforman su campo migratorio transnacional. Esta “multipolarización” de la migración senegalesa se asienta en redes migratorias, cofrádicas, familiares y comerciales y se trata de un proceso en marcha, que da cuenta de la capacidad de organización y gestión de estos migrantes, aun en las condiciones de desclasamiento que muchas veces les imponen los contextos de arribo y los procesos migratorios en general.

La potente red de migrantes Modou-Modou organiza desde hace décadas una forma de vida y subsistencia basada en la religiosidad, el comercio y el ahorro, que se ha extendido por el globo con base en la solidaridad y la cooperación —aunque también con base en disputas y jerarquías— permitiendo un circuito global de movilidad de personas, información y remesas que impacta en la República del Senegal, territorio que acoge una gran cantidad de migrantes senegaleses en procesos de retorno migratorio o de ida y vuelta (Sow, 2006; Sinatti, 2018).

Como sintetiza elocuentemente Sow:

El liberalismo económico va con la estructura del Modou-Modou, porque es una persona independiente, que busca dinero de una manera muy liberal, aunque las raíces y las bases de su existencia son la solidaridad y la ayuda entre la gente. Es decir, mezclan este espíritu capitalista con una solidaridad que han aprendido desde pequeños (Sow, 2020, en comunicación personal).

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[1] Ecuador, en 2008, Argentina, en 2010 y Brasil, en 2017.

[2] La asociación remarca que es difícil establecer con exactitud la cifra, debido a la elevada movilidad de los sujetos, ya que algunos sólo permanecen en el país por un breve periodo de tiempo y luego vuelven a migrar (a otros destinos o visitan su país de origen y luego vuelven al destino migratorio), mientras que nuevos inmigrantes continúan arribando.

[3] Según Sow y Goldberg (2017) dichos migrantes habrían llegado a Buenos Aires en 1897, pero en una foto de estos migrantes, publicada por el Archivo General de la Nación en el año 2015, figura que arribaron en el año 1899.

[4] Localizado entre 12º8 y 16º41 de latitud norte y 11º21 y 17º32 de longitud oeste y posee una extensión de 196, 722 kilómetros.2

[5] Senegal alcanzó su independencia de Francia en 1960 por la vía pacífica, en la primera etapa de procesos de descolonización africanos (Arnaut y Lopes, 2005).

[6] Incluye las regiones de Diourbel, Fatick y Kaolak, y partes de Thiès, Tambacounda y Louga y de la región de Dakar. Las personas entrevistadas provienen de ciudades importantes en estas regiones, como Mékhé, Khombole, Mboro (todas en Thiès), Diourbel y Touba (ambas en Diourbel), Kebemer y Louga (ambas en Louga), la ciudad de Kaolack, y las localidades de Pikine, Thiaroye y Guédiawaye (las tres en Dakar).

[7] Wolof 43% de la población, toucolor (también llamados peul, halpulaar, fulbe o fula) 24%, serer 15%, lebou 10%, diola 4%, mandinga 2%. Aproximadamente el 2% restante abarca población de origen bassari, mauritana, mora, europea, libanesa y china (Evers Rosander, 2015: 96).

[8] El antropólogo portugués Costa Dias (2009) plantea que el Islam en África Occidental impregnó entre los siglos IX y XVI los grandes imperios sudaneses y los pequeños núcleos poblacionales de los ejes comerciales transaharianos. Entre los siglos XVIII y principios del XIX la islamización se extiende al litoral mediante para convertir a las poblaciones africanas, y se establecen las cofradías a inicios de 1800. Entre finales del XIX hasta la Primera Guerra Mundial el islam se expande rápidamente por esta región y las cofradías consolidan su influencia religiosa y política. A fines de 1970 se produce una “reavivación” del islam africano, con nuevas formas organizativas, figuras religiosas, dominios de actuación y una idea renovada de la integración de los musulmanes africanos en la umma (la comunidad universal de todos los fieles musulmanes).

[9] El fundador de la Muridiyya a través del exilio forzado por Francia, el de la Tijanniya formando ejércitos musulmanes para llevar adelante una jihad en complementariedad con la hijra.

[10] El nuevo aeropuerto internacional “Blaise Diagne”, a 58 Kilómetros de la capital, que reemplaza al “Léopold Sédar Senghor”, en Dakar, constituye un punto de entrada y salida de África y de conexión con otros países del continente.

[11] Para un debate actualizado sobre el rol del desarrollo en origen en el que se posicionan —y son posicionados— estos migrantes, al respecto véase el trabajo de Sinatti (2018).

[12] Por ejemplo, las migraciones transaharianas que conectarían la península arábiga con la ibérica, con el Sahel y de ahí hacia el resto del continente africano, las expansiones bereberes desde el Maghreb hacia el sur y su factor islamizante que impregnó la región de la cuenca del río Senegal, las migraciones bantú desde los límites del África Occidental y Central hacia el sur, la ruta comercial del Níger, la de los Grandes Lagos, por citar algunas (Arnaut y Lopes, 2005; Iniesta, 2009; Fall, 2010; López de Mesa Samudio, 2012).

[13] Jurídicamente esta era una sola área que se extendía desde el África Occidental y Ecuatorial hasta París.

[14] Tendencia que se perpetúa hasta la actualidad, impulsada por las políticas de dumping agrícola de la Unión Europea (Ziegler, 2013).

[15] La Muridiyya posee una organización, creencia y ritual específicos, con una estructura jerárquica basada en la división de tareas entre el maestro religioso (plegaria) y sus discípulos (trabajo agrícola o comercial). Tienen además una actuación muy importante en la vida económica, social y política tanto en la coyuntura del capitalismo colonial de antaño como en la del capitalismo global actual, funcionando como espacio de resistencia a la dominación externa, de socialización de recursos, materiales y simbólicos (dinero y prestigio) y de aprendizaje de una moral de la movilidad y una moral del trabajo que son una referencia para sus miembros.

[16] En 2005 se firmó el acuerdo de paz entre el Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC) y el gobierno en Dakar, y en 2014 el líder del MFDC estableció un cese unilateral al fuego. Cabe notar que en el contexto de inestabilidades políticas y conflictos armados africanos, este conflicto senegalés suele minimizarse. Sin embargo, Casamance es considerado como uno de los focos de crisis latentes. Por otra parte, esta región al sur del río Gambia fue negligenciada durante mucho tiempo, tanto en épocas coloniales como independientes, y su integración al resto del país se debe más a las iniciativas de los migrantes para construir rutas y escuelas que a la presencia estatal (O’Brien, 2002).

[17] Como liberarse de los mandatos socioculturales, emanciparse, adquirir prestigio, iniciarse como adulto, viajar y conocer el mundo facilitado por la globalización.

[18] Cabe mencionar que Gabón fue uno de los destinos de exilio del fundador de la Muridiyya, en 1895 y durante 8 años, cuando se le acreditan numerosos milagros y la producción de una vasta literatura religiosa.

[19] Para España, el geógrafo senegalés Papa Sow precisa que es recién a fines de 1990 cuando este país se vuelve un destino atractivo para personas senegalesas. Para un análisis detallado de la migración Modou-Modou en dicho país, así como la diversidad de categorías de Modou-Modou identificadas con base en una variabilidad de prácticas individuales, semi-colectivas y colectivas de organización comercial, véase el trabajo de Sow (2004a).

[20] Se instala entonces la figura de Fatou-Fatou —contracción del nombre Fatoumata, muy común entre las senegalesas— que designa a mujeres con proyectos migratorios autónomos.

[21] La tasa de alfabetización entre la población de diez años es de 45.4% (ANSD, 2014).

[22] Las asociaciones de base cofrádica, como las dahiras, son organizaciones religiosas que contienen un sistema transnacional basado en las redes mourides y tidjanes. También existen numerosas asociaciones de base nacional en diversas ciudades de asiento de estos migrantes, como la mencionada ARSA.

[23] Senegal-Argentina, Guinea Bissau-Brasil-Argentina, Senegal-Marruecos-Senegal-Brasil-Argentina, Senegal-Brasil-Argentina, Senegal-Marruecos-Senegal-Argentina, Senegal-Ecuador-Perú-Bolivia-Argentina (Zubrzycki y Sánchez Alvarado, 2016), Senegal-Dubái-Brasil-Bolivia-Brasil-Argentina y Senegal-Gambia-Ecuador-Perú-Bolivia-Argentina. Cabe mencionar que si bien Argentina figura en todas estas rutas en la última posición, no por ello representa el destino final de estos migrantes, aunque pueda convertirse en el mismo en la práctica. Muchas y muchos migrantes senegaleses imaginan destinos del norte económico global como etapas futuras  de sus trayectorias migratorio-laborales y un retorno al origen como etapa ulterior, ya sea para permanecer allí definitivamente o para hacer base y desde allí manejar sus negocios transnacionales.

[24] Otro papel jugado por Brasil en relación al fomento de la migración senegalesa es su posición como país de asilo para haitianos luego del terremoto de 2010. Las rutas terrestres que inauguraron muchos de estos desplazados, con entrada por el Estado de Acre, fueron también utilizadas por los senegaleses que entraban a América por Ecuador y bajaban por tierra hacia Brasil y Argentina (Mocellin, 2017).

[25] A partir de 2018 con el surgimiento de la Nueva Ley de Migración en Brasil, por una resolución conjunta de CONARE y el Consejo Nacional de Inmigración se permite la concesión de residencia a solicitantes de refugio asociada a vínculo laboral anterior, camino utilizado por algunos senegaleses en Brasil (Bittencourt Minchola, 2019, comunicación personal).

[26] La embajada senegalesa en la República Argentina se cerró en 2002, luego de la crisis de 2001. Las embajadas argentinas de África Occidental más cercanas a Senegal se encuentran en Marruecos y Nigeria (donde es concurrente Senegal) y registramos casos de senegaleses que han tramitado sus visados en ambos países.

[27] Esta política se inició en 2008 para otras nacionalidades. Durante 90 días al año Ecuador permitió el ingreso sin visa a todos los ciudadanos del mundo, luego de lo cual las personas podrían permanecer sin documentación hasta un máximo de tres meses más. En caso de no haber tramitado el visado correspondiente para permanecer en el país estarían en situación irregular. A partir de 2016 se les exigió nuevamente la visa de turismo para el ingreso a personas de origen senegalés, con la dificultad de que el país más cercano para tramitarla es Marruecos, como en el caso de la visa argentina (Ménard Merleau, 2017).


 

  1. Este artículo se desprende de la tesis: Espiro, M.L. (2019). Trayectorias laborales de migrantes senegaleses en La Plata y Puerto Madryn: una etnofotografía de los imaginarios y prácticas en torno al trabajo (2012-2018) [Tesis de Doctorado en Antropología]. Universidad Nacional de La Plata. Argentina. Dirigida por la Dra. Bernarda Zubrzycki (UNLP) y la Dra. Ana Luiza Carvalho da Rocha (UFRGS). Financiada por becas de posgrado UNLP y por proyectos de investigación acreditados (PICT 2012/ 0074, PIP-CONICET 0018, PID 11/N827).

  2. Doctora en Antropología por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Argentina. Actualmente adscrita a la División Etnografía de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo y a la Sección África Subsahariana en la UNLP. Líneas de investigación: migraciones africanas hacia Sudamérica, etnografía y antropología visual, trayectorias laborales, transnacionalismo y circulación migratoria. Contacto: mluzespiro@gmail.com.